Le queda a uno la duda de la consciencia de los líderes sobre el poder de sus palabras. Las usan con descuido, con las vísceras más que con la cabeza bien puesta y la mirada en el horizonte.
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Se ha vuelto costumbre soltar afirmaciones, discursos, reparos, señalamientos con una ligereza verbal que subestima a quien más oye, las interpreta y las convierte en sentimiento. Pronunciarse desde la función pública significa un compromiso de quien ostenta la representación institucional. Qué prepotencia y arrogancia de quienes creen que su parecer y su estado de ánimo nos deben involucrar a todos, y sucumben ante su ego dejando regadas sus debilidades e inseguridades ante micrófonos y redes sociales.
Es verdad que la política es la comunicación y que la pugnacidad es propia del ejercicio de la autoridad y del poder, pero lo que se siente no es que hay algo de fondo en el rifirrafe del fiscal y el presidente, sino frases delirantes de uno y otro que sin filtro se traducen en debates inútiles que no tienen puntos de llegada, sino arriesgadas especulaciones y peligrosos incentivos a quienes quieren creer que esto no tiene salida.
Nos falta el aliento para poder comprender tanto desatino político e institucional en un tiempo tan importante para la historia del país.
El mundo vive un momento de singular importancia, cuando los efectos de la guerra en Ucrania todavía se notan en la elevada inflación, que castiga los precios de todas las economías occidentales, y una pesada carga por la devaluación de las monedas más débiles y el alza de las tasas de desempleo.
Mientras tanto, en nuestro país no dudamos en poner en tela de juicio todo lo que pasa con la política y su directa relación con los poderes institucionales.
Hemos pasado del espejismo de la concertación y el acuerdo nacional, en los nueve primeros meses del mandato del presidente Petro, a una lucha fratricida por ver quién es más importante e influyente, ya sea en el ámbito de las formaciones políticas o simplemente en el protagonismo de los órganos de control al Gobierno y la sociedad.
¿Pero realmente qué nos pasa para que la sensación de la ciudadanía sobre la dirigencia política sea de enfrentamiento total entre el Gobierno con sus razonables planes de cambio y la realidad de los partidos tradicionales, poco dispuestos a perder el poder que siempre han tenido en ámbitos políticos y de control de organismos del Estado?
No es muy entendible el abandono de los partidos de la coalición de gobierno, cuando puntos de conflicto en algunas de las reforman deberían llamar a debatir y hablar, pensando más en el futuro del país y menos en el cortoplacismo de las próximas elecciones locales y departamentales.
Como tampoco es muy entendible la necesidad del “cambio total” de nuestra forma de vivir, donde lo bueno hay que prejuzgarlo porque beneficia siempre a los mismos y lo malo está estigmatizado siempre entre los que menos tienen. La prepotencia en la manera de gobernar siempre es mala compañera de viaje para conseguir acuerdos de importancia.
Proponer reformas profundas que cambien maneras y costumbres de muchos años siempre es difícil. El Gobierno piensa que hay que hacerlas todas y a la misma vez, y ahí es donde se equivocan.
Lo razonable habría sido hacer unos pactos de Estado para crear las reformas que pusieran el bienestar social de millones de colombianos en una hoja de ruta que hubiese trascendido este Gobierno y otros posibles que vengan en el futuro.
Las reformas necesitan tiempos y madurez para no romper las cosas que están bien hechas ni querer, en beneficio de la demagogia, el cambio por el cambio aun a costa de hacer añicos la credibilidad de las instituciones y su independencia.
No es de recibo que el presidente ahora salga con algunos tics dictatoriales en su pugna con las instituciones del Estado, en su perfecto papel como organismos de control sobre cualquier veleidad o deseo de saltarse las reglas de juego democráticas.
Para nada ayuda el “frentismo” del Gobierno contra todos. El arte de gobernar viene determinado por la capacidad de buscar complicidades con otros actores políticos, sobre todo en una aritmética parlamentaria endiablada y poco cumplidora.
Qué bueno sería si reinara en Palacio más sosiego y capacidad de autocrítica, ante la incapacidad de vender a la opinión pública las necesitadas reformas que se quieren “imponer”. Desarrollar espacios para pactar con otras formaciones políticas que también representan a millones de colombianos que no necesariamente expresaron esa voluntad de cambio total que el Gobierno demanda por encima de toda lógica.