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El cálculo de los estrategas que diseñan los mensajes para las campañas electorales no incluye sentar postura sobre el “Acuerdo para el Final de Conflicto” firmado con las verdaderas FARC en 2016 y que, por mandato constitucional, cumple su periodo obligatorio de implementación en el próximo gobierno. Mejor no hacer la lista de compromisos incumplidos y evitar mencionar que se han entregado tierras en una proporción muchísimo menor que el reto; mejor no proponer nada para continuar y asegurar la reincorporación de los más de tres mil excombatientes, ni de sus garantías de seguridad, tampoco sobre lo que lo que ha salido mal con las CITREP, y menos aún de los planes de desarrollo territorial. ¿Y de la JEP? No, no, no. Eso es terreno minado. Si se quiere ganar, eso del acuerdo ya no pegó.
Sin embargo, cualquier sociedad que emprende ese recorrido no tiene escapatoria. La profundidad de la tragedia acumulada y la obligación moral de superarla se vuelve imperativo, más aún cuando es evidente la falta de una real implementación que ha creado una nueva versión del proceso de violencia. Los acuerdos de paz que no se aterrizan en efectos reales provocan un alto índice de reedición del conflicto y, por eso, en vez de enfatizar en la esencial tarea pendiente, ahora sólo se habla de “seguridad”. De eso sí se habla. Es el primer tema en las preocupaciones de los ciudadanos y de los estrategas que, en los focus group recogen el verbatim de la gente que la repite como un mantra para poderle poner un nombre a la amenaza de los criminales, pero que no deja de ser un lugar común, un eufemismo que les evita a los candidatos entrar en profundidad de lo que eso significa y representa. La negación, la negación. Cambiemos de página, pongamos el énfasis en el término “Seguridad”, pero de la paz, ni hablemos.
Cabe hacer una salvedad, y es que NO estamos hablando de la “Paz Total de Petro”, porque claro que ese sí es un tema vigente y no sólo por la oposición de la derecha: su inconveniencia es un diagnóstico de consenso. Esos intentos de sometimiento nunca debieron llamarse así.
Pero retomo, hay malas noticias para los candidatos: la paz está de vuelta al ruedo. El mundo del Pacto Histórico es el de las víctimas, el de los territorios, el de los derechos, el de las expectativas de la inclusión, de la igualdad, de aquella paz, es grande, tiene aceptación y tiene votos. Por su parte, para la campaña del uribismo, oponerse seguirá siendo su acertijo, su desafío, su daga, su bandera. Y ese proceso que sugiere los ajustes a la paz también es grande y también tiene votos.
Bienvenido el debate, reeditado en versión 2026.
