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La sonrisa del embajador

María Alejandra Villamizar

30 de julio de 2023 - 09:05 p. m.

España estaba presta a conocer los resultados de la votación que elegiría al Senado y al Congreso de los Diputados para una nueva legislatura, que a su vez derivaría en la investidura de un nuevo jefe del Gobierno. Ya se anunciaba el inicio del cubrimiento especial de los canales de televisión que analizarían los datos del escrutinio para comenzar a sumar y restar en medio de la complejidad del sistema parlamentario español. La 1, de RTVE, la emblemática cadena de la televisión pública, abrió la emisión con una entrevista a Adela Cortina, catedrática, filósofa y profesora de Ética. La reflexión dio cuenta de lo que se confirmaría horas más tarde con los resultados. La sociedad está muy dividida y hay una “erosión de las instituciones por la pérdida de credibilidad de los políticos”. Luego enfatizó en el diagnóstico: “La política no se puede contagiar de las vehemencias de los tuits”. A continuación apareció en la pantalla un “mapa” de las conversaciones entre los españoles previas al día electoral. La palabra más repetida fue “preocupación” y la segunda, “incertidumbre”. En ese momento pensé en Colombia. Por lo de los tuits, cómo no, pero sobre todo porque, al contrario del propósito teórico de unas votaciones que es crear nuevas expectativas del futuro y alimentar ilusiones, lo que sienten las personas de este mundo de hoy es más desesperanza, caos y desconcierto.

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Después de ese pensamiento imaginé al embajador de Colombia en Madrid, Eduardo Ávila, sentado en la residencia oficial, en la calle Fortuny, esperando los resultados que para él en lo personal y para el Gobierno en lo institucional significaban algo parecido o a una condena o a la salvación. La cercanía del Gobierno Petro con el de Pedro Sánchez y la influencia omnipresente del expresidente Rodríguez Zapatero han sido tan estrechas, que el posible cambio de rumbo de la política española se debía intuir como un fuerte sacudón que los trasladaría de una agradable temperatura ambiente a vivir en un cuarto frío sin traje de invierno.

En caso de haberse confirmado lo que decían las encuestas que daban total claridad en la gobernanza a la derecha del Partido Popular (PP) y a los radicales falangistas de Vox, al Gobierno Petro podría haberle pasado algo similar a lo que vivió el expresidente Iván Duque cuando en los EE. UU. pasaron de Trump a Biden. O sea, del amor al desamor de un día para otro. De estar construyendo castillos de ilusiones y de hacer planes entre amigos, a quedarse en territorio hostil, sin que nadie en el barrio lo invite a jugar y sin un maletín de herramientas para defenderse.

El embajador Ávila, quizá como lo vivió Pacho Santos en Washington, debió sudar frío —y muchos otros en la Casa de Nariño y sus alrededores— cuando comenzaron los escrutinios, con la suerte de que a medida que avanzó la noche los números se convirtieron en pruebas de supervivencia de los socialistas, y entonces seguro tuvo un largo suspiro y dejó aparecer en su rostro su notoria sonrisa.

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Son varios los amigos del Gobierno Petro que hoy están en el Palacio de la Moncloa, sede del Gobierno español, y en el Parlamento y que les paran bolas al embajador Ávila y, por supuesto, al canciller Álvaro Leyva, y eso que de la visita de Estado que hizo el presidente Petro en Madrid quedaron algunas piedritas en los zapatos que aún incomodan.

Entre los amigos cercanos puede incluirse a José Luis Ábalos, exministro de Sánchez que salió del Gobierno de mala manera, y Enrique Santiago, un reconocido dirigente comunista, exasesor jurídico de las FARC en el proceso de paz, ex secretario de Estado para la Agenda 2030 y hoy diputado. También cuentan con la simpatía del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares —que, a propósito, inició su carrera diplomática en Colombia—, del mismo Rodríguez Zapatero y del entorno de la coalición Sumar, de la que hace parte Unidas Podemos, así como los partidos independentistas catalanes.

Por el contrario, en el mundo del PP, partido de Aznar y Rajoy, sumado a Vox, partido de Abascal, la hostilidad es clara. Los contactos con Colombia del PP han sido tradicionalmente los sectores de la derecha: el mismo Álvaro Uribe, el expresidente Iván Duque —que ahora hace algunos negocios con sus contactos conservadores en España— y claramente el expresidente Andrés Pastrana. Aunque en el PP intenten moderar a los radicales de la extrema derecha, sería difícil una relación con el Gobierno de Gustavo Petro, que ha puesto toda la carne en el asador del Gobierno socialista, y entonces la sonrisa volvería a desaparecer del rostro de nuestro embajador.

Es apenas natural la identificación política, de lenguaje y hasta la inspiración en políticas públicas emprendidas por Sánchez y su coalición de izquierda, pero la indefinición de la situación en España, donde el juego está abierto y cualquiera puede terminar gobernando, pone a Petro en un cruce de caminos. Ante España Petro no cuenta con la retórica que se esgrime de la “política bipartidista” con los EE. UU. En Madrid, si al final termina gobernando el PP, se le borrará la sonrisa al hábil embajador Ávila, porque la militancia pasará factura y ya veremos de dónde saca el Gobierno colombiano recursos políticos y diplomáticos para pagarla.

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