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Son 150 años de relación entre Colombia y Suecia, uno de los países nórdicos más comprometidos con la paz, esa que ellos lograron hace más de 200 años y consideran un valor compartido y cuidado desde todos los estamentos de la sociedad.
La visita del presidente Petro a Estocolmo la semana pasada es, como todas esas visitas, una expresión de trámite de la diplomacia, pero también es un guiño al interés de los suecos, renovado e impulsado por temas empresariales. Se están moviendo desde Estocolmo, en el norte de Europa, para que los colombianos abran las puertas de negocios estratégicos, como los llamados aviones de guerra, que es un tema viejo pero vigente.
Está dicho y repetido que hay tres propuestas: los aviones franceses Rafale, los F-16 de Estados Unidos y los Gripen de los suecos. Ningún presidente se ha decidido de frente a realizar la compra. En un país que ha firmado la paz y la está construyendo, invertir en material bélico no parecería coherente cuando se debe priorizar el desarrollo y el bienestar. Aunque ese argumento ya se menciona en voz baja dada la nueva etapa de crisis en la seguridad, implica aún un alto costo político. Pero Petro no se ha visto tímido en su visita al reino de Carlos Gustavo XVI. Además de las cenas protocolarias y fotos oficiales en su agenda, apareció allá el comandante de la Fuerza Aérea para visitar la planta de los aviones y hubo una cena con Marcus Wallenberg, poderoso empresario sueco que dirige uno de los grupos económicos más grandes del país, con participación en compañías como Electrolux, Ericsson y Saab, la que fabrica los Gripen.
Estos aviones ya se producen en Brasil y sus defensores procompra argumentan que sirven para las zonas selváticas y que su ensamblaje conlleva un intercambio de tecnología que favorece su propuesta.
Lo interesante de este empujón sueco puede ser no solo la compra de los aviones, sino lo que se consiga en el proceso y lo que implique la negociación misma. Uno pensaría que los suecos serían transparentes en un negocio que para Colombia es decisivo. No hay que perder de vista, sin embargo, que estos negocios acarrean casi siempre una gran comisión y por tanto prenden todas las alarmas.
Si los aviones son como los muestran —nuevos, más baratos, con mejor tecnología— y las infinitas guerras nos acosan, entonces que se los compren a los suecos, que se han dado la pela por la paz, esa de la que todavía algunos hablamos y que no puede ir en contravía de la seguridad y la soberanía.
Esto sí significa, de cualquier modo, caer en la misma contradicción discursiva de que sea un presidente como Petro, con problemas de popularidad y muchos vacíos en las finanzas de la nación, quien compre los aviones que ni Uribe, ni Santos, ni Duque compraron.
