Invocar la reconciliación entre los seres humanos rotos por guerras recientes suele parecer una quimera. En el imaginario de una sociedad recién herida pesan más el resentimiento, el odio y las ganas de venganza.
Los modos de demostrar el desprecio siempre son más concretos, más sinceros, más impulsivos. Las cuentas pendientes son como un palpitar incesante de un corazón. No paran, mantienen su ritmo, se aceleran e invitan a la acción.
La reconciliación en cambio es reflexiva, es un proceso del pensamiento movido muchas veces por lo insoportable que resulta el sufrimiento. Soltar los amarres de la culpa y de los culpables, encontrar el equilibrio entre lo dañino y lo sanador, llegar al balance entre el pasado y el futuro solo es posible en los cambios culturales que trae la evolución.
Por eso no es fácil que la reconciliación llegue o se imponga por una ley. Que se debata un articulado compuesto por incisos de derecho penal en un Congreso compuesto por políticos calculadores que pocas veces apelan al sentido común para decidir sus votos es una pérdida de sentido de lo que significaría reconciliarnos.
En Colombia la reconciliación, entendida como una conquista de la paz, sí ha comenzado pero está lejos de concretarse, de encontrar un punto de llegada que nos convoque y que parezca irresistible porque representa un escenario parejo de ganancias para todos.
La propuesta (o el anuncio) del presidente Gustavo Petro de una ley de reconciliación, en el sentido estricto del concepto, es pertinente.
Siempre deberá serlo en nuestro desestructurado presente y futuro. Ese destino violentado merece una pausa. Sin embargo, no es en el mundo político y jurídico donde recae ese debate. Los alcances de esa propuesta no deben reducirse a un proyecto de ley ni responder a un voluntarioso andamiaje de deseos u ofertas de unas mesas de negociación con ilegales arrepentidos.
El proceso de cambio —y no el del eslogan del Gobierno, sino el cambio de una sociedad enfrentada entre sí, dividida y resentida, a una sociedad reconciliada— requiere de un liderazgo colectivo nacional que represente y proyecte una nación moderna que haya tocado fondo definitivamente y cuyo balance de resultados arroje mejores números para la reconciliación que los que ya se conocen para la confrontación. ¿Acaso ese puede ser el acuerdo nacional? Momentos históricos de transición llevaron a países como España a lograrlo cuando les fue inevitable.
Si fuera así y existiese esa grandeza, ahí sí que vengan todas las leyes que sean necesarias. Y ojalá aprobadas por unanimidad.