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¿Educamos para la violencia?

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María Antonieta Solórzano
07 de octubre de 2010 - 02:56 a. m.
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Aunque los seres humanos tengamos el potencial para actuar violentamente, no estamos conminados a obedecer el impulso agresivo. Al contrario, nuestra estructura biológica y psicológica nos impulsa a trascender.

La inteligencia emocional permite que nos demos cuenta del dolor que producimos y gracias a la inteligencia espiritual escogemos valores que iluminen nuestra conducta. Sorprende, entonces, que haya personas que favorezcan acciones que denotan una crueldad sin límites.

En estos días, tras la muerte de alias el Mono Jojoy, recorrer el historial de su crueldad produce escalofrío. De manera automática tratamos de ver si hay algún principio que nos ayude a entender semejante barbarie. Pensamos, tal vez, que en algún momento optó por la lucha armada para intentar reivindicar a otros y, como la historia ha legitimado la ferocidad de los que ganan las guerras, él esperaba que la victoria lo declarara inocente. Aún así su sadismo es inenarrable.

La  psiquiatra Elizabeth Kubler Ross, pionera del trabajo en el duelo, se preguntó al final de la Segunda Guerra y siendo miembro de la Cruz Roja en el gueto en Varsovia ¿qué clase de personas  fueron capaces de hacer esto? Para su sorpresa, una mujer que había estado presa allí, le contestó: la misma que sería usted si hubiera sido educada como ellos.

La educación   da cuenta de la clase de seres que somos. Me refiero a aquélla que vela por la incorporación de los valores que una comunidad privilegia. Pero cuando muchos miembros de la sociedad actúan agresivamente,  estamos educando para la violencia. No de otra manera podemos entender la respuesta indiferente frente a nuestro conflicto interno o a los episodios que ocurren en las calles donde están nuestros jóvenes.

El caso de Sebastián, quien  perdonó a su agresor, otro joven que le causó consecuencias graves para el resto de su vida, es de admirar y debería ser suficiente para que educadores, padres y amigos del agresor se pregunten: ¿en qué estamos fallando para que un joven actue contra su potencial de inteligencia emocional y espiritual? También debería ser suficiente para que la sociedad se comprometa a honrar sus principios y así  ser dignos de tomar decisiones con los más altos valores. Como lo hizo Sebastián.

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