Lograr esta maestría en la vida diaria no es fácil. Para alcanzar ese estado del alma donde el amor va mas allá de la muerte es necesario recorrer el camino de la vida con la sabiduría del abuelo que no juzga y la inocencia del niño que no ha sido castigado.
Si miramos con la bondad que surge de sabernos discípulos del amor y compañeros del camino interior, construiremos la confianza que las relaciones necesitan para que el amor guíe nuestra convivencia.
Tengo el privilegio de ser hija de una mujer que al ser madre, educadora y ministra de Educación vivió en estos valores. La despedimos la semana pasada. Uno de sus nietos, el compositor Alejandro Zuleta, describe su legado:
“Abuelita,
No hay palabras para describir el legado tan hermoso y profundo que has dejado en mi alma. Podría escribir tantas y tantas cosas hermosas y fundamentales que aprendí de ti y de tu manera de ser y de llevar tu vida que no acabaría nunca. Y esa conciencia me llena de amor, ternura y asombro. Abuelita, tu legado es eterno y, como en las palabras de Borges, para describirlo necesitaríamos la eternidad. Creo entonces que es mejor no intentarlo, para que te quedes ahí, en la continuación de cada gesto, cada palabra, cada pensamiento y cada acción que en nosotros lleva impregnado tu ser.
Y como las palabras me quedan cortas, o más bien me obligarían a intentar contar lo inefable, me quedo con tu mirada. Con tu mirada que es mi más grande refugio. Tu mirada que es para mí la tierna guarida del que se sabe amado incondicionalmente y la firme esperanza del que entiende que aunque el viaje de la vida le depare caminos lejanos, siempre tiene un lugar en tu corazón. Tu mirada que sin juzgarme me hizo saberme especial, me ayudó a crecer y me hizo entender la hermosa complicidad del amor correspondido.
Ayer continuaste tu camino. Hoy te digo gracias, gracias, abuela Irene, por ese regalo. Será mi compañero en los valles soleados y en los pantanos oscuros, cuando llegue la noche y también cuando lleno de alegría cante alguna victoria. Quiero mirar como tú me miraste y llevarte en mis ojos por siempre”.
Saberse amado incondicionalmente es el anhelo del corazón humano; ofrecer esa clase de amor es la generosidad que nos permitirá alcanzar un futuro donde seamos una comunidad más allá de nuestras posesiones, más allá de la muerte.
María Antonieta Solórzano