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El dolor es ave fénix

María Antonieta Solórzano

14 de diciembre de 2013 - 05:00 p. m.

Cuando se experimenta una pérdida, ya sea porque ocurre la muerte de un ser querido, el final de una relación amorosa o porque los hijos se van y el nido se queda vacío, perdemos el norte y nos vemos inmersos en una congoja que parece eterna. Es que algo de nosotros se muere con el que se ha ido.

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Tanto para la joven que acaba de terminar su primera relación de pareja como para el hombre maduro cuya esposa acaba de dejarlo, el mundo se derrumba y los sueños parecen perderse para siempre.

Sumidos en el tormento de sentir el corazón hecho pedazos, se nos antoja que los amaneceres no van a volver a ocurrir. Sin embargo, el duelo se trasciende de la mano de la aceptación y de la gratitud. En el duelo, como le sucede al ave fénix, renacemos de las cenizas.

Entonces, la conciencia abre los caminos de la esperanza, que al aceptar el dolor y el consuelo de un abrazo pueblan la vida de nuevos sentidos. En momentos así resulta maravilloso encontrarnos con alguien que desde su sensibilidad consienta nuestro desgarramiento, no espere que seamos fuertes y, más bien al ser empático con nuestra vulnerabilidad, nos sostenga con paciencia hasta que podamos de nuevo iluminar con amor nuestro camino.

Así la gratitud inicia su tarea, nos despierta para percibir las pequeñas señales que anuncian nuevos caminos, nos muestra una sonrisa que abre el corazón, nos dirige hacia una tarea que requiere nuestra experiencia, nos acerca a un amigo que busca nuestra compañía.

En sencillo, nos incita a buscar en la cotidianidad los gestos que avivan fuerzas y recursos que no conocíamos o habíamos olvidado, nuestro corazón vuelve a vibrar con la curiosidad y la grandeza, y nos damos cuenta de que lo que parece inaguantable guarda la semilla de la trascendencia.

Hay almas grandes, Ghandi, Mandela, Sor Teresa de Calcuta, que nos muestran que en circunstancias extremas han logrado trascender y alcanzar estados de serenidad capaces de transformar la vida de muchos otros, que la gratitud con la misión y con lo que todavía no ha sucedido da la energía para ir más allá.

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Ojalá la vida no nos pida tanto y sea suficiente para permitirnos renacer del dolor inevitable, que cuidemos al otro, que permitamos que nos acompañen, y que recordando que en el alma del sobreviviente lo más hermoso de lo que se ha ido renace y que, sobre todo, nos sea posible vislumbrar un mañana que no imaginábamos.

Tengámoslo claro, este es el aprendizaje que sólo el duelo puede ofrecernos.

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