Es curioso que a pesar de ver que segundo a segundo todo cambia, tengamos una tendencia marcada a pretender que no. Vivimos en la ilusión de que no importa lo que hagamos, siempre vamos a tener comida suficiente, clima agradable y salud perfecta.
Por ejemplo, imaginamos que los cambios climáticos anunciados no van a ocurrir. Nos toma por sorpresa el crudo invierno o el fuerte verano y de jóvenes creemos que la salud y la apariencia van a permanecer a través del tiempo. Sometemos el cuerpo a excesos y cuando llega la vejez, sus estragos nos desconciertan.
Nuestro error es el mismo: ignorar la presencia del cambio, lo cual impide ver que lo esencial es estar listos para que el cambio no se convierta en adversidad, al tomarnos desprevenidos. ¿Podremos aceptar que los cambios en nuestro entorno y en nuestra vida forman parte de la sabiduría de lo esencial y que la seguridad que dan el poder o el lujo sólo es ignorancia arrogante?
Recientemente en Cundinamarca, los incendios asolaron hectáreas de bosques necesarios para el equilibrio y protección del agua, el aire y la vida misma. Particularmente, en las montañas de Sutatausa, junto a la casa de don Pablo, se prendió el bosque. El fuego subió por la montaña, cruzó el cerro y siguió avanzando avivado por el viento y el calor.
Unos pocos habitantes que le hacían frente salvaron la casa de don Pablo y algunas hectáreas de monte, cavando cortafuegos con las manos. A pesar de su heroico esfuerzo, grandes extensiones de tierra se arrasaron durante los dos días siguientes. Al fin, pudieron llegar los bomberos y los helicópteros y con ellos el apoyo necesario para acabar con el fuego.
Pero el dolor y la impotencia que se experimentan al ver arder los montes no tienen palabras para describirse. Da una dura lección a los que se despierten para ver. Sin embargo, la enseñanza que este verano nos deja no termina ahí. Los cambios de temperatura que ocurren entre las heladas madrugadas, que acaban con los pastos, cosechas de papa y hacen imposible el ordeño, junto con los calores, que pueden llegar a las 18 grados, no permiten que la vegetación sobreviva.
Continuar con los valores que hacen del lujo modelos sociales de prestigio y poder es un suicidio. En cambio, despertar nuestra sensibilidad a lo esencial para dirigir nuestra creatividad, tecnología y capacidad de apoyo para que los trabajadores de la tierra puedan manejar con eficiencia y autonomía los efectos devastadores del cambio climático, es urgente.
Preparar a los que trabajan para alimentarnos es la elemental gratitud que todo ser humano, que reconoce que el manejo del cambio es esencial, ha de mostrar con quienes tienen en sus manos la supervivencia de la humanidad.