Todos sabemos que tener una vida de la que podamos estar orgullosos guarda una relación directa con los valores y principios con los que cada uno define sus metas y maneja la adversidad. Pero tener una vida que además sea feliz, pasa por haber crecido sintiendo confianza.
Tener fe en nosotros mismos, creer en el otro, saber que la familia está allí para ayudarnos, convivir en una sociedad que respeta los derechos de los ciudadanos, son situaciones en las que la felicidad surge como experiencia social y no sólo como una condición personal.
Qué difícil resulta para nosotros que la felicidad y los valores puedan ser una experiencia social. Aunque nuestras tradiciones avalan costumbres que hacen difícil la tarea, ¿será que no podemos cambiarlas y hacer de la felicidad una responsabilidad social? En la mayoría de familias, colegios o empresas el castigo sigue siendo un método educativo aceptado. Hay padres, educadores y gerentes que todavía se preguntan: ¿Qué hacemos con el error? Ignoran que redireccionar una conducta a través de la reflexión es eficaz.
Adicionalmente, como los niños y adultos mayores se encuentran en relaciones de dependencia con aquellos que tienen el poder para castigarlos o premiarlos, la construcción de la confianza en la sociedad se resquebraja. Si las reglas sociales aceptadas hacen del padre, del maestro o del jefe alguien a quien se le teme y complace, porque se tiene la esperanza de recibir su protección, las personas se confunden. No confían en ellas ni en los otros. Se muere la fe en el amor.
Un joven de 24 años me decía: “Estoy molesto conmigo, no sé a que horas acabé con la felicidad de mi hermano. Anoche él me dijo: mi vida fue feliz hasta que tuve 8 años, recuerdo que tú me cuidabas y jugabas conmigo. Me protegías de la violencia de mi padre y de la impotencia de mi madre. Después no sé que te pasó y me regañabas todo el tiempo”.
El joven agregaba: “Hoy en día tampoco trato bien a mi pareja, ni a mis empleados. Lo que aprendí en mi casa se impuso sobre mí”. Resulta que el proceso social que conduce las costumbres de la familia a la sociedad es una transferencia. Sólo hay que tener un motivo que se considere válido para renunciar a la reflexión y llegar desde el castigo hasta la guerra.
Si nos atrevemos a notar que ninguna persona está autorizada a generarles dolor a seres que dependen de nosotros, la generación siguiente conocerá la felicidad como una experiencia social y sentirá orgullo.