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Impotencia: ¿rabia o compasión?

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María Antonieta Solórzano
05 de octubre de 2014 - 02:00 a. m.
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Sentir impotencia cuando el dolor propio o ajeno nos conmueve y nos compromete, es un momento de encrucijada espiritual, resulta tentador sucumbir a emociones negativas y difícil encontrar estados mentales trascendentes.

Imaginar, por ejemplo, el padecimiento de las madres de las niñas secuestradas para ser sometidas a la esclavitud sexual o, peor aún, el terror, la sensación de abandono y desesperanza que las mismas niñas sienten al ser sometidas a prácticas sexuales abominables, supera todos los límites de tolerancia de nuestro corazón.

La impotencia que nos invade es desgarradora, sabemos que el dolor es intransferible y que solo se alivia cuando la empatía y el amor que otro ser humano sienten se manifiesta.

Hace varios años, un grupo de amigos y colegas nos dirigíamos por la carretera Bogotá-Melgar a realizar un retiro espiritual, cuando a la altura de Fusagasugá nos encontramos con un bus en llamas, los pasajeros convertidos en antorchas humanas se botaban por las ventanas, algunos estaban atrapados en el fuego, los gritos de dolor eran desgarradores.

Con el corazón en la mano, nos detuvimos dispuestos a ayudar. El médico-psiquiatra que dirigía el retiro nos reunió, y con serenidad y claridad nos dijo: “Con excepción de los tres que somos médicos, los demás no pueden hacer nada práctico, solo estorbarían. Sin embargo, esta experiencia nos puede abrir el camino de la empatía a nivel espiritual”.

“Vamos a tomarnos de las manos, sientan el miedo y el dolor que tienen, aunque no lo crean esa es una fuerza muy grande y por lo tanto vamos a transformarla”.
No entendíamos bien cómo podríamos transformarla, pero él continuó la instrucción, “Van a imaginar que las emociones son como una arcilla que debe ser convertida en rayos de luz que son amor y compasión y después valor y fortaleza”. Todavía nos preguntábamos: ¿Y qué hacemos con los que sufren?
Contestó: “En este momento visualicen a los que están sufriendo y a nosotros los médicos que nos quedamos a ayudar, mándennos a todos ese amor compasivo y esa fortaleza para manejar el dolor”.

Con esta guía nos pidió seguir el camino hacia el sitio del retiro y ellos se nos unirían cuando ya hubieran terminado su tarea.
Entre incrédulos y esperanzados obedecimos y pasamos el resto de la noche haciendo el ejercicio de transformación. A la mañana siguiente ellos llegaron sin dormir, pero sus miradas eran brillantes y llenas de gratitud, habían hecho una tarea sobrehumana con los heridos.

El gran aprendizaje de esta experiencia es sencillo, las conexiones amorosas y compasivas entre los seres humanos funcionan como internet. Con solo transformar el dolor o el miedo en fuerza y serenidad, la víctima recibirá alivio.

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