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Intolerancia: enemiga de la libertad

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María Antonieta Solórzano
07 de febrero de 2009 - 05:47 a. m.
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Que un ser humano sea capaz de regresar de un secuestro con su mente lúcida y la capacidad de abrazar, es de por si un acto heroico.

Sabemos que la dimensión del dolor vivido será, inenarrable. No es raro que cuando podemos presenciar el reencuentro de una persona, que viene de una experiencia de esta magnitud, con sus seres queridos nos llenemos de múltiples emociones.

Así, al ser testigos de la intensidad de los abrazos nos conmovemos al intuir el dolor que vivieron durante el tiempo que duró la violenta separación, se nos oprime el corazón al sentir  la fuerza del conflicto entre la necesidad de llegar a sus casas y el deseo de ocupar, de nuevo, un lugar en la sociedad, nos tensionamos. Pero nos cuestionamos, al notar que la ansiedad que tienen de romper el silencio para  denunciar lo que semejante experiencia les dejó no siempre  encuentra la solidaridad de una escucha abierta y amorosa.

Es lamentable que sea el deseo de ser oídos, sin ser juzgados, el que más rápidamente se frustre y les recuerde que la libertad de expresión es, en nuestro medio, un ideal. No terminan de llegar a sus casas cuando  ya deben lidiar con un nuevo dolor: la intolerancia y la radicalidad que a ellos y a sus familias  les arrebató años de vida digna también está presente en la manera como los miran y juzgan.

Muchos de los que oyen los relatos no esperan entenderlos, sino más bien lo que quieren usar para recolectar argumentos que sirvan a sus propias posiciones políticas.

¿Cuánto tiempo más vamos a seguir aceptando que las restricciones a la libertad y la intolerancia sean el pan diario de nuestros modos culturales?

Y es que nuestra respuesta frente a los actos más complejos es nuestra incapacidad de comprender el relato de un doliente como una experiencia humana que puede enseñarnos sobre el valor.

Al parecer muchos de los colombianos seguimos viviendo en los extremos, sin poder trascender los conflictos, considerando que negociar es entregarse, ignorando que la radicalidad es una actitud que alimentan la violencia que nos desangra. Nos polarizamos como si la realidad sólo admitiera dos posiciones: conmigo o contra mí.

En fin, continuamos sin aprender la lección: sólo sucede el amor cuando la convivencia humana ocurre en la libertad.  Todos nosotros tenemos la obligación y el derecho de tratar y ser tratados con amor, la disciplina y la tolerancia, pues sólo así podremos dedicar nuestras vidas al cultivo de los más altos valores en lugar de dedicarnos a sanar dolores que nunca debieron ocurrir.

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