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La libertad: el derecho de sentir lo que se siente

María Antonieta Solórzano

31 de enero de 2015 - 10:00 p. m.

En la vida de los seres humanos la libertad pasa por sentir lo que se siente, lo sencillo y lo complejo tienen un significado que los conecta, no hay experiencias triviales, en lo cotidiano ocurre lo extraordinario.

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Y es que con todo lo que nos acontece, desde una adversidad que al final trae una bendición hasta una situación agradable que termina en un inconveniente se va dibujando el paisaje de nuestra biografía. Nos demos cuenta o no.

Desde luego, sentir con transparencia lo que siente en cada episodio nos conduce a la libertad y nos aleja de la inconsciencia.

Si nos damos cuenta de la resonancia que tiene para nosotros lo sucedido en cada momento, un encuentro casual puede convertirse en una amistad, un matrimonio amable puede enmascarar luchas de poder, el sonido de una flauta despertarnos a la magia del silencio y el dolor de la injusticia social recordar el héroe que habita en nosotros.

Toda experiencia tiene el potencial de desatar una historia que revele el sentido de nuestra vida.

Pero, ¿estamos dispuestos a notar libremente el sentimiento de cada experiencia? ¿Podemos abandonar la tendencia a usar creencias convencionales y patriarcales para evaluar nuestra cotidianidad?

Por ejemplo, cuando tenemos ese encuentro casual, ¿nos atreveríamos a dejar la costumbre de mirar, en el otro, su manera de vestir, su clase, sus ingresos económicos, raza o identidad de género, y más bien a aventurarnos a escudriñar su alma y tomar la decisión de convertirlo en un amigo o amiga?

O cuando estamos viviendo un matrimonio “conveniente”, cuya magia ya se perdió por completo o, peor aún, nunca existió, ¿permitiríamos que el dolor de esa situación nos conduzca a un divorcio que libere tanto a nuestros hijos como a nosotros de la tortura de esa relación tóxica y, entonces, saludar una convivencia donde el amor y la generosidad existan, una en la que la amargura y la lucha de poder no sean los protagonistas?

La aventura, la pasión y la libertad surgen cuando sentimos que los contrarios se conectan, cuando la noche sigue al día, la dimensión del tiempo se hace evidente; cuando lo masculino y lo femenino se complementan, dan origen a los nuevos seres. Nada es blanco o negro, si los opuestos conviven en armonía, en ese equilibrio aparece lo bello.

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Allí, alma se sintoniza con lo milagroso de lo cotidiano y se hace libre. Al sentir lo que siente, más allá de nuestros condicionamientos se descubre la magia del silencio en el sonido de la flauta y el dolor toca el corazón del héroe o de la heroína que nos habitan.

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* María Antonieta Solórzano

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