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Buscar la paz, tanto en el mundo interno como en lo social, es un propósito tan antiguo como la humanidad.
En el curso de nuestra historia, hemos visto tantos pueblos arrasados por otros, familias desintegradas por ofensas que no se perdonan e individuos que detestan aspectos de sí mismos, que frente a estos dolores podríamos caer en la tentación de afirmar: “hay que asegurar la paz a cualquier precio”.
Pero sucede que, al mirar con cuidado esta idea, es evidente la contradicción: de cara al conflicto, las prácticas de la guerra que admiten la trampa y el engaño pasan por dominar, vencer, conquistar, invadir; mientras que la paz empatiza con el dolor propio y el ajeno, se construye conciliando, reconociendo la legitimidad y la libertad del otro.
Mantenerse fiel a las emociones y valores de la paz requiere de un gran coraje y de capacidad para contener el dolor, porque, al ver las atrocidades que los conflictos desencadenan, es entendible que se caiga en la tentación de aceptar: la paz a cualquier precio.
Pero, ¿será que podemos evitar caer en la trampa de afirmar la paz a cualquier precio? Admiramos el mensaje que nos dejan líderes como Gandhi o Mandela o las Naciones Unidas, que busca negociar las diferencias entre naciones sin recurrir a la guerra, pero a veces perdemos la fe porque suponemos que la naturaleza humana es exclusivamente territorial, competitiva y destructiva.
Aunque son muchas las mujeres que, por ejemplo, al sentirse gordas se desaprueban y le declaran la guerra a su propio cuerpo, dejan de nutrirlo o lo someten a cirugías en las que corren peligro. Al final, la paz interior sólo llegará a aquellas que se perdonen por haber agredido al cuerpo y, además, perdonen a su propio cuerpo por no tener la forma ideal.
En el ámbito familiar, cuando hay conflictos puede ocurrir que unos miembros del grupo hagan alianzas para neutralizar a otros, creyendo que con eso benefician la armonía. El resultado es nefasto. No se consigue la anhelada paz familiar.
En el complejo espacio de lo social, donde la historia ha mostrado que con cada paz que se consiga al precio de dominar sólo se llegará a una tregua, ejemplos como el de Mandela nos marcan una ruta posible y esperanzadora. El difícil camino del perdón, que no es otra cosa que sanar la herida recibida, ha de ser aprendido desde nuestro mundo interno, practicado con la familia, para luego ser ampliado y propuesto en la vida social. Es y será el único que podrá llevarnos al futuro pacífico que anhelamos.
