“Cuando abandonamos las peleas, nuestra mirada descubre la serenidad, un universo más allá de los pretensiones”.
Cuando nuestra perspectiva se centra en lo que le falta a nuestro mundo para ser “perfecto“, aceptar lo que vivimos resulta difícil. Nos oponemos al fluir normal de la vida porque imaginamos que la felicidad tiene que ver con que nada “malo” suceda, de esta suerte el día a día se transforma en el vano intento de evitar el dolor inevitable.
Como pretendemos que la buena vida es una sin obstáculos, comparamos la cotidianidad con un ideal de perfección, obviamente nos invade el desagrado y el rechazo, criticamos lo que somos y lo que nos sucede, peleamos con nuestro interior y con el exterior.
Así, en cada final de una relación se nos va la vida, si notamos que envejecemos queremos el elixir de la eterna juventud, si hay trancón perdemos la calma, si nos equivocamos caemos en desgracia. Creemos que la vida vale la pena si las relaciones no tienen ni un sí ni un no, si la salud jamás conoce la enfermedad o si la certeza nos ilumina.
La sociedad contemporánea hace eco a estas curiosas pretensiones, rechaza la existencia tal y como ella es para, entonces, incitarnos a negar las verdades esenciales de nuestra naturaleza. Por ejemplo, la publicidad nos muestra cuerpos de mujeres y hombres jóvenes y atractivos como si fuera lo único aceptable, los pobres y los enfermos se aíslan para que no tengamos contacto con ellos; en las unidades de cuidado intensivo los que amamos sufren sus dolencias sin el abrazo cariñoso de un ser querido. Al final del día, nos anestesiemos frente a todo padecimiento.
Lo grave es que si ignoramos que el error es necesario al aprendizaje y que el dolor es la puerta de la sabiduría, nos vemos envueltos en una búsqueda compulsiva del placer y del confort que lentamente nos guía hacia la muerte de la vida espiritual.
El príncipe Siddhartha Gautama, durante la primera parte de su vida, vivió aislado del dolor humano; al descubrir su existencia se impactó de tal forma que se dedicó a hallar la esencial verdad que explica el dolor y la vía hacia su liberación. Así fue que se convirtió en Buda cuando descubrió que la serenidad viene de aceptar la vida tal y como es, de suspender el anhelo de que las cosas sean lo que no son.
Todos podemos caer presos en la vida adictiva si tomamos la decisión de angustiarnos o amargarnos con las dificultades, todos podemos llenar de luz nuestra vida interior si aceptamos el dolor, lo acogemos amorosamente, para que entonces él lo disuelva y muestra la lección que la vida tiene para nosotros.
* María Antonieta Solórzano