Todo puede cambiar, lo que ayer era verdad, hoy ya no lo es. El futuro se llena de incógnitas cuando la ilusión de solidez y estabilidad se desvanece.
Nosotros, al estar acostumbrados a vincular la felicidad con la certeza de un mañana predecible, experimentamos miedo, ansiedad y angustia, en una palabra, nos sentimos infelices de cara a la incertidumbre.
La fantasía de la certeza o la idea de que sólo somos felices si todo va a estar bien siempre, nos condena al sufrimiento.
Que distinta sería nuestra cotidianidad, si creyéramos que la felicidad es la habilidad inherente a la vida que permite construir armonía y bienestar, la fuerza que nos permite pasar de lo estable a lo cambiante y viceversa de lo variable a lo constante.
La alegría diferente a la felicidad si es efímera, ella corresponde, exclusivamente, al momento de satisfacción y agrado que desencadena un paisaje, un logro, una caricia.
Paradójicamente, cuando la tristeza o el agobio sobrevienen la felicidad hace su mejor trabajo: se encarga de desencadenar, a través de la esperanza, la búsqueda del nuevo equilibrio. Así, nos va dando fuerza para ir tras la siguiente estabilidad. Siempre cuando nuestras creencias lo permitan su carácter autorregulador se manifestará.
No es raro que al encontrarnos con un amigo, éste nos diga: “Me siento agobiado, cuando todo parece estar bien, sucede algo y las cosas se derrumban y a empezar otra vez. La felicidad no existe, es sólo un momento”.
Si le preguntamos: ¿Cómo te explicas que tengas el impulso de seguir adelante?
Casi podemos adivinar su respuesta: “Ah, es que la esperanza es lo último que se pierde”. A pesar del agobio, la esperanza nos impulsa a seguir.
Si continuamos el diálogo preguntándole: ¿Cuando experimentas esperanza eres feliz o estás alegre? Tal vez lo piense y note que la esperanza se inscribe en la felicidad.
La felicidad, en tanto condición natural de la vida, se manifiesta en nosotros a través de dos caras: en el movimiento que transita de bienestar hacia el desequilibrio como esperanza y en el camino que va desde lo inseguro hacia el bienestar como fuerza serena.
Al atrevernos a sentir en la esperanza la mano de la felicidad y en la fuerza serena su abrigo podemos hacerle frente a la incertidumbre, el gran reto de nuestro tiempo.
Si imagináramos un encuentro futuro con nuestro amigo quizá nos diga: Si en esa época hubiera sentido que la esperanza era mi fuente de felicidad no habría sufrido tanto.
María Antonieta Solórzano *