Qué alarmante es ver la frecuencia con la que quienes dicen defender valores como el amor y la libertad, exhiben comportamientos que corresponden precisamente a valores opuestos. ¿Será que la necesidad del poder nos lleva a traicionar principios?
Este conflicto está claramente relatado en una escena de una vieja película en la que en la cabina de mando de un submarino americano, en guerra contra Rusia, el capitán de la embarcación le ordena al suboficial que inicie el ataque. El suboficial argumenta que no lo considera adecuado. El capitán afirma: “Que le quede claro, aquí se defiende la democracia, pero no se practica”.
Hemos llegado a vivir en esta incoherencia de una manera tan permanente que ya ni siquiera nos llama la atención. Admitimos, como si fuera normal, que la voluntad de cualquiera que se siente jefe de un grupo, familia, organización o Estado, tenga no solamente la fantasía de ser rey, sino que además, exija que sus deseos y opiniones sean cumplidos sin chistar.
Entonces no es raro que un gerente o un subdirector bien calificados digan: No soporto la falta de madurez, ni la tiranía del presidente o del director de la institución, pero me callo, porque necesito el puesto o porque donde manda capitán no manda marinero. Resulta absurdo que en una sociedad democrática la voluntad caprichosa de cualquier jefe deba ser complacida como si viviéramos en la monarquía más abyecta.
En la vida familiar ocurre otro tanto. Una madre o un padre de familia que creen en el respeto, la libertad y el amor pueden, imitando el mejor estilo de la familia Kennedy —conocida por su tradición democrática—, objetar el divorcio de uno de unos hijos. Además, sin mayor reparo, se atreverían a imponer la continuación de un matrimonio en el que ninguno de los cónyuges siente amor o libertad.
Y, lo más increíble, pueden recurrir para lograr sus objetivos a tácticas que varían desde lo sutil hasta lo brutal, pasando por el soborno, el chantaje, los sentimientos de culpa, el rechazo y las amenazas a la estabilidad económica de los hijos.
Hemos dado las más feroces batallas para conquistar la libertad, para defender el “orden democrático”. Hemos visto correr ríos de sangre por más de medio siglo y, sin embargo, adictos al poder y al prestigio, no dudamos en acabar con la libertad del otro. Sólo podremos construir una sociedad democrática cuando la confianza en nuestra dignidad no se amenace con la presencia de la autonomía del otro.