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¿Quién me traiciona es mi enemigo?

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María Antonieta Solórzano
09 de mayo de 2015 - 07:33 p. m.
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Confiar nos permite vincularnos con nuestra misión.

Nos invita a ser familia, a conformar sociedades e incluso, a constituirnos en naciones. Por el contrario, cuando la desconfianza nos invade la misión se desdibuja, las familias se rompen, las sociedades se fragmentan y las naciones se desangran en guerras fratricidas.
 
Por extraño que parezca, a pesar de que la confianza nos hace mejores seres humanos y de que todo lo que vale la pena recordar ha sucedido en virtud de ella, son  muchas las ocasiones en las que la  desconfianza se apodera de nuestra cotidianidad.
 
No es extraño oír que un socio que era prácticamente un hermano, después de 20 años de trabajo compartidos, se alzó con las ganancias del negocio y dejó en la ruina al otro; que el mejor amigo se fue con la esposa y, obviamente, la esposa con el mejor amigo. En circunstancias como esta, terminamos sintiendo que nuestro lugar en el mundo se desvaneció. 
 
Más grave, podemos terminar asumiendo que la ingratitud es el valor que regula las relaciones humanas. Un amigo mío con sarcasmo y con ocasión de saber que algún conocido lo desacreditaba, decía “Juan está hablando mal de mí, qué raro, si no le hecho ningún favor”. Las creencias populares dicen que toda buena acción merece su correspondiente castigo.
 
 ¡Qué exigente es atravesar el dolor que estas experiencias desencadenan! Qué tentador parece construir un credo de desconfianza que nos autorice a dejar de amar al que hasta ayer amábamos, para convertirlo en nuestro enemigo y permitirnos, sin conciencia, hacerle daño.
 
¿Cuál  puede ser el camino que nos permita recuperar la confianza? Se necesita un esfuerzo grande para oponerse al impulso de definir al amigo como enemigo, para objetar una frase como: “A mí que no me quieran tanto, que lo que me han hecho en nombre del amor no está escrito”.
 
La verdad es que somos capaces de recuperarnos de cualquier desastre, nuestra esencia amorosa es invulnerable, no se daña aunque un duelo nos afecte.
Si nos atrevemos a ver en la traición a una maestra,  aprender de ella significa reafirmar la convicción de que la confianza construye familia, sociedades y naciones; aceptar la invitación que nos conmina a trascender el dolor, a sanarnos y a perdonar. Entendiendo que perdonar es reconocer la invulnerabilidad de nuestra esencia.
 
Conservar intacta nuestra capacidad de amar cuando la confianza se ha perdido es un acto heroico que nos conecta con los más altos valores de la humanidad. No somos lisiados en manos del traidor. Pero, sobre todo, nos permite atisbar la abundancia y la plenitud de un mundo donde salimos ilesos de las batallas que libramos.

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