Publicidad

¡Quien se asume… vive!

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
María Antonieta Solórzano
01 de octubre de 2009 - 03:08 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Hoy, somos tan paradójicos que la poetiza Santa Teresa de Ávila podría estarse refiriendo a nosotros cuando, en el siglo XVI, escribió:

“Vivo sin vivir en mí y de tal manera espero que muero porque no muero”. Y es que, en general nos parece difícil asumir el cuidado de nuestro cuerpo, emociones, familia o país. Tal parece que ignoramos que, precisamente, de esa protección depende la estabilidad de las familias y la nación. Nuestro diario vivir convierte en la profecía cumplida las palabras de la Santa.

Cuando una persona nos cuenta que sufre de gripe o cáncer, con frecuencia, no se hace cargo de cómo sus emociones han contribuido a crear esa condición. Cuando otro relata cómo le duele el desamor de su cónyuge, tampoco ve su responsabilidad en la destrucción de ese vínculo.

Y, en un contexto más amplio, si el Estado colombiano pierde las demandas instauradas en su contra, cuando ello nos cuesta, a todos, $700 billones, tampoco vamos a notar que nuestra actitud tiene que ver con esa catástrofe económica. ¿Qué nos ocurre que pasamos por la vida como si fuéramos espectadores, en lugar de protagonistas?

Es probable, por ejemplo, que nuestra herencia cultural haya legado en el seno de las familias, de manera inconsciente, creencias que en el pasado fueron útiles. Por ejemplo, en la época de la Colonia el tradicional “se obedece pero no se cumple”, que llevaba a las personas a no asumir los “deberes” y era liberador, hoy ya no corresponde.

Un hombre de 35 años, desesperado porque su quinta compañera estaba a punto de abandonarlo, explicaba que ella se quejaba, al igual que las anteriores, de que junto a él se sentía como parte de la decoración, como si él no notara que ella estaba ahí. Al recorrer su historia dijo: “Durante mi niñez viví en casas de mi padre o de mi madre, en compañía de amigos que ellos iban teniendo. Nunca sentí que nada me perteneciera”.

Todo indica que al cambiar permanentemente de escenarios no desarrolló el deseo de pertenencia. El sentido de la consigna “no apegarse a nada, no cuidar” sigue incrustado en su mente, formó un guión que repetía sin mayor reflexión.

Sólo cuando descubrimos los guiones personales o sociales que nos condenan a vivir en el presente como si viviéramos en el pasado, podemos dejar de ser espectadores de los desastres que hay en nuestras vidas y convertirnos en protagonistas de una existencia plena que derrota la profecía de la Santa, afirmando: “Vivo viviendo en mí y de tal manera espero que muero por vivir”.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.