Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El mito bíblico cuenta que Adán reinaba sobre el paraíso y que al sentirse solo Dios usó una de sus costillas para hacerle una compañera.
De esta suerte, por mandato de las tradiciones los hombres sentirían que la mujer es un consuelo para su soledad y las mujeres verían en los hombres el eje de su mundo.
Esta diferencia sutil, pero importante, construye la percepción del papel que cada uno representa para el otro. Los hombres suelen ver en el mundo del hogar y de la pareja su sitio de descanso y en el mundo externo su razón de ser, y las mujeres ven en el hogar y en la vida de pareja el eje de su existencia y el mundo externo como una opción. Se supone que un hombre, si quiere, ayuda a la mujer en la casa y ella, si puede, colabora en el sostenimiento de la familia.
Es interesante notar que, a pesar de que las relaciones hombre–mujer han cambiando y las mujeres asumen responsabilidades que van más allá de lo familiar y son incluso presidentas de naciones y los hombres han aprendido que la violencia y el abuso sexual son delitos, aún vemos la presencia de la herencia del mito bíblico, por ejemplo, cuando ocurre una separación.
No es raro oír que una mujer recién divorciada afirme: “Mi vida afectiva es un fracaso, me siento vulnerable, me parece difícil estar encargada de todo, lo que me ayuda y me sostiene es mi trabajo”. Y, de manera contrastante, un hombre recién divorciado relata: “Esto ha sido muy doloroso, durante el día mientras estoy trabajando no me parece que mi vida haya cambiado mucho, pero en la noche al llegar a la casa y sentirme sin compañía, la soledad se me viene encima”.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que esta desigualdad en las relaciones de pareja forme parte de nuestra vida y tenga efectos en las responsabilidades que tenemos frente a la familia y la sociedad? Tanto los hombres como las mujeres tenemos que reconocernos como seres integrales, ninguno suple las carencias del otro y, en cambio, cada uno puede aportar al crecimiento del otro.
Para comenzar este cambio es necesario ir más allá de los roles que el mito bíblico prescribe. Las mujeres tendremos que darnos cuenta de que la tarea de construir mundo requiere la esencia femenina y los hombres deberán notar que la fuerza y el compromiso que muestran al generar empresa es el mismo que se requiere para sacar adelante una relación de pareja y un hogar armónico.
Sólo una sociedad con hombres y mujeres capaces de trascender el mito de Adán y Eva podrá hacerles frente a los retos de un país como el nuestro y a un futuro como el que pinta el del siglo XXI.
