Los humanos, a diferencia de los demás mamíferos, somos seres lingüísticos y culturales. Es decir, dotamos de significado todo lo que nos ocurre.
Lo relatamos con el objeto de trascender el dolor, buscar justicia o hacer mejor la convivencia. Así, hemos creado explicaciones que nos ayudan a enfrentar los inevitables dolores de la vida.
Pero resulta perverso crear teorías sobre las contradicciones de la sociedad que todos aceptamos como si fueran inherentes a la condición humana, en las que los poderosos son protagonistas de matanzas, guerras, abusos o corrupción. Y, como si fuera poco, que esas explicaciones sean además motivo de orgullo.
La imposibilidad de encontrar el sentido de vida en esta manera de existir nos llena de desesperanza o nos obliga a definir un compromiso con un cambio profundo que replantee los fundamentos de nuestra manera de pensar la convivencia y el orden.
Por ejemplo, ¿Robin Hood era héroe o villano? Los poderosos dirán que era un ladrón y los humildes que era su redentor. O, ¿somos protegidos o acosados por los organismos? Los gobernantes dirán que se hace hasta lo imposible por administrar los recursos con tal de favorecer a los más desprotegidos y, estos afirmarán, sin que les falte razón, que todo ese intento es insuficiente.
También cuando reflexionamos acerca del hecho de que un esposo o un padre que golpea y mantiene a la familia, siga ejerciendo como esposo o padre. Los hijos o la mujer que no pueden sobrevivir por sus medios dirán que a pesar de todo él es bueno y los que pueden arreglárselas independientemente, serán libres para detener el abuso.
Lo llamativo es que al recapacitar, nos damos cuenta de que es la posición que se ocupa en relación con el poder y a los privilegios la que determina el criterio. No entendemos una situación en términos de la convivencia entre seres iguales, en donde la confianza y el bien común sean los valores primordiales.
Me llamó la atención la noticia divulgada en los medios de que se había realizado, como experimento, la compra fraudulenta de un edificio como el Empire State, por un valor de 2.000 millones de dólares. Los analistas se alarmaban frente a la vulnerabilidad de los sistemas de control. Pero nadie interpretó que en esa sociedad, todavía hay personas que confían en los demás.
Comprometernos con la construcción de una forma de pensar en la que con cada una de nuestras acciones podamos privilegiar las relaciones de equidad y desestimar las que afirman la ambición de poder, es el único camino para construir una sociedad donde el abuso, las guerras y las matanzas desaparezcan y la cooperación y la responsabilidad social florezcan.