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Cuando mi hija era chiquita y teníamos un conflicto, ella se acercaba, me abrazaba y me decía entre sonrisa y reclamo: “¿Nos perdonamos?”.
Con esta sencilla invitación ella quería que yo entendiera que las dos habíamos hecho nuestra parte en la pelea, me enseñaba que perdonarse y perdonar era el camino para recuperar la paz entre las dos.
También era claro que ambas agradecíamos cómo en cada conflicto definíamos mejor la clase de relación que nos gustaba tener.
Cuando queremos solucionar los conflictos que entristecen nuestra cotidianidad, reconciliarse es el camino hacia la felicidad.
El mayor obstáculo para la reconciliación radica en nuestras tradiciones culturales: ellas enseñan que los superiores no piden perdón, que quien lo hace se humilla y que quien aprende de alguien que lo ha agredido carece de dignidad. ¡Graves errores que conducen al resentimiento!
Una mujer adulta se encontraba atrapada en lucha de poder con una amiga cercana que le despertaba celos con su marido. Le era difícil salir de la amargura que le provocaba, su matrimonio se iba a desmoronar.
Finalmente notó conexiones entre su pasado y su presente. De niña presenció cómo la amante del padre se instalaba en su casa, pretendiendo que el rol de ama de llaves la haría indispensable para su madre.
Vio cómo su herida infantil se activaba con cada gentileza entre el esposo y su amiga. Si quería recuperar su hogar era urgente una reconciliación con su pasado. Debía perdonar al padre y a su amante. Pero no sabía por qué tenía que perdonarse y perdonar a su madre.
Se perdonó a sí misma por su silencio, por sospechar en su marido la conducta de su padre. Por juzgar y resentirse, pues comprendió que esas emociones detenían su vida en el pasado. Perdonó a su madre por no defenderse.
Todavía faltaba un paso: el agradecimiento. Se dio cuenta de que justo por haber crecido en esa situación confusa se había prometido respetar los limites de los otros y ser cuidadosa con los espacios de cada relación.
Recordemos que el perdón ocurre cuando somos capaces de sanar la propia herida, cuando nos damos cuenta de que nuestra esencia es invulnerable, sólo nuestro ego se ofende. Nos perdonamos falencias y errores cuando sabemos que el amor y la paz son más importantes que el orgullo y agradecemos la adversidad cuando reconocemos que el dolor es un maestro de la grandeza.
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