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Trascender el dolor

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María Antonieta Solórzano
13 de septiembre de 2008 - 02:53 a. m.
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Cada vez que notamos que una persona ignora que lo hace es diferente de lo que lo que predica, nos percatamos de que es capaz del más feroz autoritarismo y de la persecución encarnizada.

En estas circunstancias estamos frente a alguien que no aprendió a enfrentar el dolor ni a trascenderlo y, menos aún, a perdonar. Recordemos que perdonar tiene más que ver con nuestra capacidad de autorreparación que con la resignación o la magnanimidad.

Todos podemos contar alguna historia acerca de dónde comienza nuestro encuentro con el dolor. En esos relatos vamos a encontrar cómo perdimos a una persona amada: desde la muerte natural hasta su desaparición, pasando por el asesinato, una acción de guerra, la traición o el abandono. O cómo se esfumaron nuestras “riquezas materiales” cuando el amigo o el familiar nos estafó; o cuando las políticas de un país dan como resultado un aumento de la pobreza; o peor aún, cuando alguien preso de su propia historia de dolor, desde el anonimato o desde una posición de poder, arremete contra culpables e inocentes y quita vidas y posesiones.

En estos eventos lo que marcará la diferencia para nuestro futuro y el de nuestros hijos es si después de la normal desintegración, posterior al evento, somos capaces de activar nuestra capacidad de autorreparación, para seguir siendo personas que actuamos según los más altos valores; si somos personas que honramos la condición del ser humano.

Todos hemos conversado con una mujer que viene a nuestra casa a trabajar en labores domésticas y que nos pregunta si hoy puede salir más temprano porque una vecina suya está muy enferma y ella le va a ayudar. En esa conversación nos enteramos de que salió del campo para buscarse la vida en la ciudad porque la pobreza o la violencia la forzaron. Que en esas condiciones de dolor, alojada en cualquier parte, buscó su primer trabajo. Se levantó todos los días y poco a poco fue “organizándose”.

Nos agrega que por esa época conoció a un hombre con el que se fue a vivir y tuvo dos o tres hijos y fue feliz por un tiempo. Pero luego él la dejó o la golpeó o le fue infiel o la estafó. Sola, a cargo de sus hijos, sacó fuerzas para trabajar. Le dio úlcera o cáncer o lupus, pero poco a poco sanó. Ahora sus hijos están en la universidad y son buenos. Como su propia madre estaba sola la trajo del campo y ahora la cuida. Los domingos ayuda en las brigadas de salud del barrio, porque ser médica es lo que más le habría gustado.

Podemos estar seguros de que como ella son muchas las personas que tienen el potencial de cambiar el futuro de nuestro país, porque aun sin haber tenido grandes oportunidades, ni pertenecer al grupo de privilegiados, saben enfrentar el dolor, trascenderlo y, más aún, reconocer que perdonar tiene más que ver con nuestra capacidad de autorreparación que con la resignación o la magnanimidad.

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