Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
COLOMBIA ESTRENA UN NUEVO GAlardón internacional como el país más violento de América Latina y el décimo en el escalafón mundial, según el último informe del Índice Global de Paz 2008 (IGP), elaborado a partir del análisis de una serie de variables:
tasa de crímenes violentos, grado de inestabilidad política, policías por habitantes, acceso a las armas, nivel de democracia y transparencia, de educación y bienestar social, riesgo de atentados terroristas, entre otras. El índice compara las naciones y su capacidad para convivir en paz. Colombia comparte posiciones junto a Irak, Somalia, Sudán, Afganistán e Israel.
El informe fue presentado en Londres al tiempo que el presidente Barack Obama desde la Universidad de El Cairo, en Egipto, proponía una nueva relación entre Estados Unidos y el mundo islámico. Un camino de tolerancia para que unos y otros se escuchen y respeten, para así avanzar en su recíproco reconocimiento, necesario para encontrar un terreno común. Fue contundente: la violencia es un punto muerto que no conduce a ninguna parte. Escogió como escenario para su discurso el mismo lugar donde hace tres décadas nació el fundamentalismo islámico, responsable final del fatídico 11 de septiembre. Simbólica escogencia para subrayar la convicción de Obama de que la humanidad puede construir un mundo en paz. Planteamientos y gestos que cargan a la política de dignidad y sentido.
Hablo de la política con mayúscula. La de las ideas y los propósitos que les marcan a las sociedades sus derroteros, convocan la acción ciudadana y enfrentan la injusticia y la violencia. La política que desprecia las pequeñeces y mezquindades personalistas, como sucede en Colombia, por ejemplo, al pretender negar el conflicto interno. La búsqueda de caminos para salir de esa violencia que nos tiene batiendo récords de muerte y salvajismo, debe ser la prioridad principal de los precandidatos a la Presidencia de la República, comenzando por el actual Jefe de Estado si insiste en repetir en el cargo. Un récord de violencia que está íntimamente ligado al hecho de seguir siendo el principal productor de cocaína del mundo, de ser junto a Sudán y Congo el país con el mayor desplazamiento interno de campesinos obligados a abandonar cerca de cinco millones de hectáreas de cultivos, condenados a engrosar los cordones de la miseria y la marginalidad urbana; de tener más de 1.500 personas secuestradas y de ser el territorio con mayor densidad de minas antipersonales también del mundo. Ni hablar de la impunidad que día a día se pasea impúdicamente por los tribunales del país.
Por ello no debe sorprender que seamos el país más violento del continente. Las cifras son contundentes y de nada sirve pretender que todo se reduce a una conspiración internacional. Los hechos son tozudos. Lo razonable es hacer una pausa en el inmediatismo electoral presente, para pensar seriamente en la posibilidad de construir un país en paz con propuestas serias y realistas que le apunten al corazón de nuestra violenta realidad. Lo demás es una pendejada.
