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¡Cuando China despierte, que el mundo tiemble!

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María Elvira Bonilla
25 de agosto de 2008 - 12:56 a. m.
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SONARON LOS TAMBORES. UN RUIDO sonoro, ancestral, solemne, que advierte que los Juegos Olímpicos de Pekín se despiden. Bailarines con campanas de plata como una gran galaxia de 1.100 danzantes formando olas de suerte y al final la gran torre humana de la memoria.

Acróbatas voladores, sesenta ruedas de luz que se tomaron el ‘Nido de los Pájaros’, el monumental estadio chino. Sutileza y estética marcando la armonía entre el ser humano y los elementos de la naturaleza: el metal, la madera, el fuego, el agua, la tierra, con una simetría y disciplina colectiva ejemplares.

Igual había sucedido con la majestuosa ceremonia de inauguración cuando China sorprendió con un espectáculo rebosante de grandeza, la grandeza de su cultura milenaria. Respeto por sus tradiciones, por los hitos nacionales, por sus 56 etnias, por la sabiduría de los mayores. El director del evento, el cineasta Zhang Yimou, logró conjugar lo tradicional con lo moderno, presentándole al mundo bella y contundentemente los aportes históricos de China a la humanidad: la caligrafía, el pergamino, la pólvora, la brújula, el arte marcial, los viajes trasoceánicos… Pero también la comunión entre Oriente y Occidente, recordando el eslogan de los Juegos: “Un mundo, un sueño”.

Las dos ceremonias no fueron un simple derroche estético: reivindicaron el ritual como elemento fundamental para reafirmar la existencia humana. Un ritual lleno de contenido capaz de contactar lo instintivo y atávico presente en toda cultura. Una simbología sutil y estética, pero a la vez universal que nos recuerda que lo material, que la tecnología con sus asombrosos desarrollos está siempre al servicio de un proyecto humano. Esto contrasta con el cada vez más prosaico mundo occidental, para lo cual el abrebocas de la presentación de Londres en la ceremonia de clausura fue más que diciente.

Y Colombia ha ido absorbiendo lo peor de éste, con una expresión clara en la ramplonería rampante, acentuada por la narcocultura (la antiestética absoluta), que ha vulgarizado el país, estandarizándolo por lo bajo, masacrando cualquier valor simbólico. Tradiciones pisoteadas, una historia con 1.300 años de existencia ignorada o manoseada, reducida, cuando más a exhibiciones sin vida de piezas de museo.

A semejanza de los chinos, el país debía avanzar hacia un reencuentro del pasado con el presente, reincorporándolo a la cultura de hoy que es dinámica y viva, como único camino para reconciliarnos con lo que verdaderamente somos y sacudirnos de las construcciones mediáticas, artificiales y ajenas. El arribismo, la gran enfermedad naciona,l no puede barrer con nuestro pasado cargado de significado, ni ocultar la necesidad de rendirles homenaje a tantos, reconocidos u olvidados, que han ayudado a construir el país que hoy tenemos.

Una sociedad incapaz de reconocerse a sí misma, de reconciliarse con su historia, y de trascenderse a través de las ceremonias y los rituales, los símbolos, está condenada a disolverse. Y Colombia enfrenta ahí un serio riesgo, pues no hay nada más elemental que reducir su identificación como nación a un sombrero vueltiao y un eslolgan tan banal y simplificador como que ¡Colombia es pasión! Qué contraste con la enseñanza china, llena de majestuosidad, complejidad y belleza que recuerda lo anticipado por Napoleón hace 200 años: ¡Cuando China despierte, que el mundo tiemble!

 

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