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Cuando muere el porro

María Elvira Bonilla

15 de noviembre de 2009 - 06:23 p. m.

NO ES LA POBREZA, QUE ES SOBRECOgedora, lo que impresiona. Esa ha estado desde siempre acompañando a las comunidades campesinas de la Costa Atlántica, donde por años y más años, apoyados en sólidas redes sociales y afectivas tejidas por la necesidad, sin apoyo estatal, han afrontado la adversidad. Impresiona la tristeza y la desesperanza que brota por los poros de esta gente buena y humilde, alegres por naturaleza, hoy abatida por el dolor. La estela de muerte y destrucción que los grupos armados desataron sigue viva en Macayepo, Chirultio, El Aguacate, Pajonalito, Berrugitas, en los Montes de María.

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Allí se llega por una trocha de 15 kilómetros que toman una hora, después de atravesar cinco arroyos que en invierno corren impetuosos. Es un recorrido entre casas abandonadas con sus paredes de adobe destechadas, devoradas por la maleza. De Macayepo queda tan poco en pie, que es bien difícil imaginar al pueblo que recuerdan sus sobrevivientes. Un pueblo rebosante de bullaranga y gente, productor de aguacate, ñame, yuca y maíz, cultivado por sus habitantes en sus parcelas, al que aluden con verdadera nostalgia como un pequeño paraíso donde sonaban las gaitas y se bailaban porros interminables, con sus billares y sus corralejas. Camiones que sacaban al mercado sus cosechas. Un pueblo en fin, donde nada sobraba ni faltaba, donde el trabajo honrado, la palabra y la confianza mandaban. Recuerdos guardados en la memoria como una ilusión.

La tragedia comenzó con la guerrilla, el Eln, el Prt y por último las Farc, que desde mediados de los años 90 llegaron a controlar el territorio, los montes que separan el Caribe del Magdalena, con la soberbia que nace del fusil. Secuestros y extorsiones. Muerte y destrucción fue lo que les correspondió a los campesinos, a quienes los rematan los paramilitares con su odio indiscriminado y su furia vengativa. La masacre del 14 de octubre de 2000, de cuya autoría intelectual es acusado el ex senador Álvaro García Romero, fue el puntillazo final. No quedó un alma en Macayepo.

La política de seguridad democrática del presidente Uribe permitió con unas fuerzas militares fortalecidas avanzar en la retoma del control del territorio nacional, acorralando militarmente a la guerrilla y negociando la desmovilización de los paramilitares. Pero los habitantes del campo quedaron sin salida distinta a la del desplazamiento para salvar sus vidas. Algunas empiezan tímidamente a regresar a sus veredas, Retornar es vivir, dice la política que impulsa el Gobierno, pero esto no será fácil.

Como en Macayepo, en los pueblos que fueron abandonados ya no queda nada: ni casas, ni calles, ni plaza, ni iglesia, ni escuela, ni tiendas, ni billares, ni lugares de encuentro. Sobrevive la humillación de una dignidad violentada y el tormento de los nombres, fechas y circunstancias atroces en las que la violencia demencial arrasó con los más queridos. La estela de dolor que aún ronda ensombrece cualquier brizna de esperanza, impidiendo que estos costeños, los reyes del canto y la alegría, se reenganchen con la vida. Vuelvan a bailar su porro. Y mientras esto no suceda, no hay reparación que valga.

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