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El monstruo coronado

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María Elvira Bonilla
09 de marzo de 2009 - 04:24 a. m.
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QUIENES LA HAN CONOCIDO EN EStos meses, sin fusil ni uniforme, rendida y arrastrándose sin ninguna dignidad, dispuesta a aceptar o a hacer lo que le digan para lograr tiempo de libertad junto a su compañero sentimental Michín —también desertor y veinte años menor—, dicen que Karina es la dureza hecha persona. Cínica. Agria. Fría. No muestra arrepentimiento, no pide perdón, no responde  cuando le hablan, no expresa sentimientos y, lo más alarmante, no sabe reír. Ni siquiera sonreír.

Quienes la conocieron en la guerra, como comandante de las Farc en Urabá y luego en Samaná, Pensilvania, Manzanares, en Caldas;  Argelia, Nariño y  Sonsón, en Antioquia, no tienen palabras para describir su crueldad. Sus memorias y relatos son escalofriantes.  Recuerdan en Samaná cuando amarraron durante 15 días a un árbol a un muchacho, acusado de ser colaborador del Ejército, y a machetazo limpio lo descoyuntaron; lo obligaban a alimentarse y a tomar agua para alargar el sufrimiento. Guerrilleros bajo su mando detenían a los vehículos transportadores de gas para robarles las pipetas, bajaban a los conductores y los fusilaban. El terror crecía, ciego, en las zonas que controlaba y campesinos inermes se enfrentaban al dilema de desplazarse o tener que colaborar con la guerrilla.

Cuenta don Miguel Antonio Páez, que el 10 de mayo de 2000 viajaban con su familia en un bus entre Turbo y  Necoclí, en el Urabá antioqueño para celebrar el Día de la Madre, cuando un grupo de guerrilleros del Frente 47 de las Farc los interceptó y procedieron a requisarlos. Miguel Antonio, un sencillo campesino dueño de una parcela en Necoclí, al identificarse supo la guerrilla que era reservista de la Policía Nacional. Karina lo bajó del bus y procedió a dispararle en los testículos. Castró a don Migue Antonio delante de su esposa y sus 4 hijos y lo dejó tirado, creyéndolo muerto. Hoy deambula con su desgracia a cuestas. Enmascular a bala o a navaja y especialmente a miembros de la Fuerza Pública, fue una de sus armas de guerra para intimidar y someter, pero sobre todo para sembrar de terror las veredas por las que pasaba. En las Farc batió marcas de degradación humana y de violación de las reglas mínimas de la guerra, sólo equiparable con los excesos de los paramilitares cuando obligaban a las mujeres, delante de sus maridos y compañeros, a bailar desnudas para luego violarlas en serie, o como cuando El Oso colgaba en los postes de la luz los cuerpos degollados en la vereda La Libertad, Montes de María. Muchos de ellos están ya en las cárceles, pero a Karina, semejante monstruo, el Gobierno Nacional la quiere coronar.

Nombrar a este engendro del mal gestora de paz es una afrenta a la justicia, a la condición humana, a la dignidad de la sociedad y a la memoria de sus numerosas víctimas. Karina ni confiesa, ni se arrepiente y ni acepta ningún crimen. El premio que el Gobierno le quiere dar sólo lo explica la obsesión de un Presidente capaz de sacrificar su obligación que como líder tiene en la construcción de valores y normas de convivencia social por cualquier cosa que signifique estimular guerrilleros a desertar. Así no se gana una guerra, pero sí se destruye una sociedad. 

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