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EN LA CLÍNICA SUIZA DIGNITAS SE ayuda no a vivir, sino a morir. En 12 años lo han hecho con más de 1.000 personas.
Aunque parezca un contrasentido, lo cierto es que irse bien de este mundo es tan importante como tener una buena vida. Así lo entendía Carlos Gaviria, cuando como magistrado de la Corte Constitucional logró que se aprobara el derecho a morir dignamente con la Sentencia C-239, del 20 de Mayo de 1997 en la que pedía "en el tiempo más breve posible y conforme a los principios constitucionales y a elementales condiciones de humanidad, regule el tema de la muerte digna". Han pasado 15 años y aún no se consigue la reglamentación de este mandato.
Esta semana la cadena británica BBC irrumpió con sus cámaras a la clínica Dignitas. Emitió un reportaje titulado “Eligiendo morir”, en el que se narra el suicidio asistido de Peter Medley, un hotelero británico multimillonario de 71 años, quien sufría de una dolencia neuronal motora, y quería poner fin a sus días. La historia comienza cuando Medley abandona su domicilio en el Reino Unido rumbo a Suiza y declara: "mi estado se ha deteriorado hasta el punto de que necesito marcharme bastante pronto". Termina con imágenes del empresario tomando una dosis letal de barbitúricos, cuando la respiración empieza a fallar y llama a su esposa para que le tome la mano.
La polémica trasmisión abrió la compuerta para que muchas personas empezaran a dar testimonios radiales de la manera como, con el apoyo de médicos amigos, han cumplido la voluntad de sus seres queridos frente a dolencias terminales, irremediables. Discretamente médicos con convicciones éticas, respetuosos de la voluntad de sus pacientes, en la privacidad de los hogares alivian con medicamentos sedativos la situación calamitosa de enfermos para que puedan irse tranquilamente.
Pero este no debía ser un tema tabú. Amerita una reflexión pública. Es el derecho a morir dignamente, que evitaría situaciones tan inauditas como la del expresidente de la Corte Suprema de Justicia, Jaime Arrubla, quien lleva más de 20 años atrapado en un dilema moral, con su esposa Consuelo en estado vegetativo a raíz de un accidente de carro que le ocasionó un daño cerebral severo, postrada en una cama sin esperanza de recuperación alguna. Por cuenta de la legislación actual, obstinada en no acoger la sentencia constitucional del magistrado Gaviria, el jurista y sus hijos han tenido que someterse al dolor cotidiano de presenciar el deterioro físico de un ser querido que permanece en coma profundo, como lo cuenta él mismo en el artículo “La batalla íntima de Jaime Arrubla”, en la revista digital www.kienyke.com. Situaciones similares ocurren en las clínicas del país. Interrumpir el sufrimiento podría acarrearle, a quien lo haga, años de cárcel.
Este Congreso, tan acucioso en el trámite de leyes progresistas en lo social, tendría la oportunidad de serlo también en leyes como la del derecho a morir con dignidad, que intervienen en el sagrado ámbito de las libertades individuales. El descanso de muchos sería mayúsculo.
Adendum: Al oído de Avianca: ¿Por qué no pueden programar vuelos directos a la Costa desde capitales intermedias como Cali y otras, sin la obligada escala en Bogotá, que no sólo vuelve calamitoso el viaje, sino que contribuye al caos de El Dorado?
