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DETRÁS DE CADA PUERTA EN EL centro histórico de Cartagena hay una sorpresa arquitectónica.
Logros exquisitos y otras intervenciones desproporcionados por el derroche en materiales y decoración, construidas sobre siglos de historia y muros coloniales o republicanos. Pero ninguna de esas cómodas casas modernas escondidas en los portones y las paredes austeras y simples del trazado español le pertenece ya a los cartageneros. Las dejaron deteriorar, las vendieron y se fueron. Es el caso del tronco familiar de los De la Espriella, que heredaron 50 casas, de las cuales les queda una por vender; o el de los Araújo, que tuvieron 52 casas, para citar sólo un par de ejemplos. Viudas que levantaron con estas platas sus familias, una generación que con los recursos provenientes de la venta de los inmuebles viajó a Europa, estudió en Estados Unidos o en el interior e hizo de su ciudad un escenario de encuentro, pero no de productividad y desarrollo.
Para no mencionar el caso de los Vélez Piñeres, que dejaron caer, por física desidia, la más hermosa plaza de toros que se recuerde, La Serrezuela, construida en madera, al estilo de muchas andaluces. Los escombros son hoy un símbolo de la decadencia de la querida élite cartagenera. Abandonaron las bellas casonas del centro y luego el pie de La Popa y por último Manga, para trasladarse a anónimas casas y apartamentos en los barrios de Boca Grande y Castillo Grande. Ver a miembros de las tradicionales familias recorrer las casas solariegas de sus antepasados transformadas en palacetes modernos produce una mezcla de consideración y rabia. Recuerdan el cuento de Cortázar, Casa tomada. Como un remedo de sí mismos, abandonaron la política y hasta el empuje empresarial.
La política terminó en manos de políticos llegados de las sabanas de Bolívar , como los García Romero o los Espinosa Facciolince, o provenientes de los sectores populares que embolataron su rumbo, como Javier Cáceres, quienes fueron haciendo de los dineros públicos unos fortines politiqueros o una bolsa de contratos, para ascender social y económicamente. Basta ver los cinturones de miseria que rodean el corralito de plata, en los que se hace evidente el fracaso de la dirigencia política costeña. De allí esfuerzos tan valiosos como el de Judith Pinedo, persistente en intentar dignificar la actividad pública e intentar romper la cadena de corrupción cuyo origen es el Concejo, al que han denominado el Puc, el Partido único del concejo, y que termina con las representaciones parlamentarias. Aunque no logre la María Mulata hacer todo lo que se propuso, avanzar en este punto amerita su tenacidad.
Por esto da rabia oír el cacareo de los dirigentes políticos costeños envueltos en el discurso de la Región Caribe pidiendo una autonomía retórica. Y más rabia ver a los campeones de la politiquería pelear por administrar el presupuesto para la reconstrucción de las inundaciones, cuando es bien sabido que además del factor meteorológico buena parte de la catástrofe se debió al fortín en que los compinches del turco Hilsaca convirtieron Cardique. Por el momento, bien harían en intentar ganarse nuevamente su lugar como dirigencia respetable de una ciudad que se ha vuelto de exportación.
