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El avivato, el abusivo, el mal pagador, el vecino indolente, el ladrón de supermercado, el usurpador en las colas, el conductor borracho, el socio ventajista, el manipulador, el caballero de industria, el ejecutivo desbordado, el codicioso inmoral, el resentido envidioso, el corrupto, el político mentiroso, son personas que conviven en la sociedad pero manejan comportamientos antisociales en la vida cotidiana.
Se camuflan como normales, pero responden a conductas perturbadores para el interés general que deberían ser identificadas y tratadas terapéuticamente. A todos ellos se refiere —y a muchos más, como son también los narcisistas (seres insoportables) y los borderlines (seres confundidores)— el psiquiatra Carlos Climent en su apasionante libro La locura lúcida (Editorial Panamericana).
“Antisocial: contrario a la sociedad, al orden social” es la definición de la Academia de la Lengua de la que parte Climent para iniciar el recorrido de casos y comportamientos, una aterradora descripción que cualquiera identifica e incluso puede nombrar, porque están presentes en la vida cotidiana, en la laboral, la afectiva, en la de la calle y se padecen. Climent, un psiquiatra formado en las universidades del Valle y de Harvard ha dedicado su vida profesional a la consulta clínica, a la docencia, a la investigación y siempre a la observación perspicaz del comportamiento humano, a la vida en sociedad. Por ello un capítulo importante del libro se los dedica a los políticos, a quienes logran ejercer el poder en la condición de “servidores públicos”. ¿Por qué importan? Porque su actividad determina la suerte colectiva, porque controlan el poder, porque pueden direccionar los recursos públicos en beneficio propio, porque desorientan como referencias sociales o supuestos líderes en las comunidades, porque cometen errores irreparables, porque muchos de ellos son unos irresponsables que violan las leyes sociales sin inmutarse, porque fungen de cuerdos cuando están atrapados en trastornos que debían reconocerse y tratarse terapéuticamente por el bien general.
Climent se refiere a ellos sin titubeos. “Hay políticos extraordinarios, desgraciadamente la minoría, y mediocres que abundan más que en otras ramas del desempeño profesional. Los políticos, depredadores metidos de “servidores” públicos, son los privilegiados que por astucia, viveza, avaricia, ansia de poder, lagartería, influencias, promesas, suerte, herencia, inercia o cualquier otra razón terminan en posiciones de poder. Tienen el común denominador de una actitud cínica, descarada, de desapego a la ley, tipificada en su norma de vida: “se permite la corrupción siempre y cuando sea dentro de ciertos límites”. Los gobernantes fieles a su palabra son una rareza. Prometen maravillas cuando están en campaña. Para ellos, la imagen es todo y cuidan mucho de maquillarla. Acomodan (manipulan) lo que sea con tal de lograr que los elijan. En el sentido estricto de la palabra, son antisociales disfrazados de funcionarios. Ningún otro personaje, de la amplísima gama de sociópatas camuflados, lo tipifica mejor que este “servidor” público.
La lectura de este libro permite explicar el porqué de esa sensación que a veces nos arroba de que el mal anda suelto. Porque estamos rodeados de personas poderosas, terriblemente normales, que no son otra cosa que la expresión aterradora de la locura lúcida.
