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SI BIEN PARA LOS CANDIDATOS PRESIdenciales la violencia y el conflicto que no para de poner muertos y víctimas y expulsar gente de los campos, no parece estar en el centro del debate, para muchos artistas colombianos es el motor de su creación.
Y la razón es clara. Los primeros tienen que caminar con cuidado, como pisando huevos, porque un solo desliz en los 35 días de campaña que tienen por delante puede resultar catastrófico electoralmente —en el imaginario colectivo sigue viva la amenaza del terror de las Farc y de los ocho años de Uribe sólo queda su decisión frente a éstas—. Es decir, para un candidato en campaña el cálculo manda. Mientras que para los creadores el arte navega en el universo de la libertad, de la libre expresión donde las barreras no existen y el poder de los lenguajes alternativos es demoledor.
Hago referencia a dos obras de teatro/danza contemporánea llenas de fuerza y contundencia estética: La mirada del avestruz, del grupo L’Explose, dirigido por Tino Fernández, y Los santos inocentes, de Mapa Teatro, amen de trabajos plásticos como las instalaciones de Oscar Muñoz con sus figuras humanas que se disuelven, efímeras, como la memoria, en su esfuerzo por comprender, como él dice, “cómo una sociedad termina aceptando una guerra —o más bien, una oscura y corrupta sucesión de guerras por más de 50 años que no ha concluido aún— como parte de una rutina de vivir”, o novelas como Los ejércitos de Evelio Rosero, que universalizan el desasosiego de quienes todo lo han perdido.
Teatro, marimbas de chonta, baile, máscaras y látigos, fiesta y muerte, entrelazados por textos poéticos y documentos visuales sobre la celebración cada 28 de diciembre en Guapi y el horror de la versión libre de alias H.H. con su enumeración infinita de asesinatos, nombres y más nombres, de los muertos que dejó a su paso sangriento por tanto pueblo inerme del Pacífico, hacen de Los santos inocentes una impactante reflexión sobre la huella de destrucción y muerte del conflicto colombiano.
Pero nada superior a la congoja, a la desolación, al horror de la crueldad humana —la de las violaciones, las de las masacres, la de los juicios sumarios, la de los falsos positivos—, como la que transmite La mirada del avestruz. Una mezcla de danza moderna, teatro y música, con palabras tan escasas como desesperadas, que consigue dejar el alma del espectador revolcada por la misma tierra en la que se hunden los actores durante hora y media de zozobra narrativa, llena de calidad estética, que no da respiro.
Addendum
Las adhesiones políticas son un verdadero espejo de la dinámica electoral. Se unen a Juan Manuel Santos, graneados, señores encorbatados conservadores y liberales —ex (cualquier cosa)—, usufructuarios del statu quo, mientras 100.000 nuevos jóvenes anónimos y colectivos llegan semanalmente como fans de Antanas Mockus en Facebook. Enarbolan palabras simples: honestidad, transparencia, confianza, oportunidad, la vida es sagrada, cambio. Una voz de protesta frente a ese viejo país que Santos quiere perpetuar y que va tocar oír.
