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EL CONTRASTE ES GRANDE. SON tiempos de oscurantismo intelectual en Colombia no sólo porque escasean las ideas, la sensibilidad y la creatividad se adormecen bajo el efecto soporífero de unas pocas pseudoverdades que circulan, monotemáticas y repetitivas.
Importan los individuos y no los sueños. Un tiempo chato y banal. Para el Gobierno la cultura se redujo a esfuerzos maratónicos de relumbrón como las jornadas musicales para la celebración del 20 de julio y sus esfuerzos en educación se encierran en la ampliación de cupos escolares y la educación universitaria cada vez más una competencia de mercado, para ver cuál de las universidades de garaje captura a más incautos.
Contrasta tanta precariedad con países que valoran la complejidad y riqueza del ser humano y por tanto la estética, la curiosidad, el crecimiento intelectual y espiritual importan. Hablo de España y en concreto Madrid, donde la crisis puede haber afectado otros aspectos de la vida cotidiana, pero no la oferta cultural; una oferta en la que los recursos públicos desempeñan un papel importante con múltiples alternativas, gratis o a bajísimo costo, que les permite a los ciudadanos hacer la vida más amable. Salas de teatro con puestas en escena que reviven La Casa de Bernarda Alba o Bodas de Sangrede García Lorca, Fuenteovejuna de Lope de Vega, Los Cantos de Canterbury, Edipo junto a sus zarzuelas inmortales. La pintura con grandes exposiciones del Settecento veneciano, retrospectivas de Sorella, de Matisse, las esculturas de Giacometti y Julio González. Y está la historia de la ciencia y el pensamiento con una maravillosa exposición sobre José Celestino Mutis y la Expedición Botánica en el Jardín Botánico con la colaboración, valga la verdad, de nuestro Museo Nacional. La belleza de los originales de los dibujos en témpera de las plantas recién descubiertas, cuyas copias conocimos en Colombia hace 25 años por cuenta del entusiasmo del presidente Belisario Betancur, el último de los gobernantes que entendió que la cultura forma parte sustancial del arte de gobernar.
La exposición rescata ese maravilloso momento histórico conocido como La ilustración, con el despliegue libre de la inteligentsia para darle espacio y vuelo a la curiosidad, rompiendo viejos esquemas y miedos, y con ello al desarrollo de la ciencia, el arte, la literatura y la política. Entendieron entonces que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición, la tiranía y construir un mundo mejor. Pensamiento y actitud que fueron el marco intelectual nada menos que de la independencia norteamericana y con ella de la democracia moderna, de la Revolución Francesa y la independencia de los países latinoamericanos, próxima a cumplir 200 años. Un bicentenario que el Gobierno se comprometió a celebrar con múltiples homenajes, pero que con la obsesión reeleccionista no habrá presupuesto sino para más soldados y más armas para la guerra. Las armas por encima de las letras como anticiparía El Quijote. Duele decirlo. Pero no es mucho lo que puede esperarse en un país, cuyo Presidente, como se ha reconocido oficialmente, la última película que vio fue una del Llanero Solitario.
