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'Los días que se arrastran'

María Elvira Bonilla

30 de marzo de 2014 - 10:00 p. m.

Si algo queda claro del libro de Carlos Castillo sobre el secuestro de Guillermo La Chiva Cortés, Los días que se arrastran, es que los 205 días de cautiverio, de vejaciones y crueldad a que lo sometieron las Farc, le arrebataron para siempre la paz, la serenidad, esa tranquilidad a la que todos aspiramos para el final de nuestras existencias.

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“Nos habían tirado ahí, como olvidados, como se tiran las cosas en un canasto”, así describe descarnadamente Guillermo la sensación recurrente de haberse convertido en un desecho humano por la infamia con la que los guerrilleros le enrostraban sus limitaciones, propias de sus trajinados 73 años, para afrontar los rigores de la selva, de las interminables caminatas. Sensación que tomó después de su liberación la forma de fantasmas, de obsesiones y miedos que habrían de acompañarlo hasta su muerte.

Guillermo Cortés, después de esa pesadilla, no volvió a ser el mismo, al igual que los 15.000 colombianos a los que las Farc han sometido a la ignominia con el propósito de financiar su guerra y de aterrorizar, y que acabó sumiéndolos en la inhumanidad y criminalizando su imagen y su discurso.

Carlos Castillo empezó a escribir este libro hace 13 años, al día siguiente de la liberación de su amigo. Recogió en caliente el testimonio de La Chiva, la base de una narración que, además de ser veraz, da cuenta de cómo transcurre lenta y desesperanzada la cotidianidad de cautiverio que desnuda completamente la condición humana en todas sus expresiones. La de seres humanos víctimas y victimarios, atrapados en una situación límite, donde se conjugan la gama completa de sentimientos y emociones que van del odio a la ternura, de la crueldad a la compasión. Y es precisamente gracias a un acto de humanidad de una joven guerrillera que desertó y a quien Guillermo, sin saberlo, conmovió, como lograría su liberación. Porque Guillermo, aun secuestrado, nunca perdió su sentido de un humor negro, su espontaneidad que le permitía expresar su rabia para cantarles la tabla a sus captores.

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Además del relato subjetivo de los hechos, Carlos Castillo entrelaza otras perspectivas que le dan complejidad al relato. Él entra y sale de la narración, como protagonista de los hechos y como narrador exterior, como amigo y vecino de la finca de Guillermo en Choachí, de donde se lo llevaron unos delincuentes comunes que después se lo entregaron a las Farc; como notario de los sucesos políticos que rodearon el secuestro en pleno proceso de paz de Andrés Pastrana, con la zona de despeje vigente y una cúpula de las Farc accesible en el Caguán; como miembro del pequeño grupo que se constituyó para interactuar con la guerrilla, atrapado en una lógica aberrante de ver al amigo convertido en una mercancía que tiene un precio que se debe pagar para comprar su libertad.

Esta doble perspectiva le permitió a Castillo construir una crónica redonda que revela una verdadera tragedia que sin duda le costó y le dolió tener que escribir. Y lo hizo con tanta nitidez, tal vez para asegurar que éste sea el último relato de un drama que esperamos que en Colombia nunca se vuelva a repetir.

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