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HACE DOS SEMANAS MÁS DE UN CENtenar de jóvenes* se reunió en Armenia en un ritual, en el que muchachos y muchachas con los cuerpos envueltos en telas moradas, subían al escenario hasta formar un gran cuerpo coral.
Antes de ocupar su lugar, con voz grave y solemne cada uno mencionaba una fecha: 3 de octubre de 2005; 5 Junio de 2002; 10 de julio de 1998; 5 mayo de 2008; 6 de enero de 2000; 7 de marzo de 1995 y así sucesivamente. Al fondo sonaba un violín. La fecha era la del día en que su piel había sido perforada. Rota por una bala, un cuchillo, una navaja, un puño, un machete. En su cuerpo, templado por la vitalidad juvenil, la herida se había transformado en una cicatriz. Recitaron luego, a una voz, la Oración de Barba Jacob. Por primera vez realizaban un duelo colectivo, un acto simbólico que al hacer pública su cicatriz y compartir el dolor, resultaba sanador.
Son cicatrices con historia. Historias de violencia que han dejado huellas en el cuerpo, pero también en el alma, en la memoria. Muchachos que iniciaron su vida entre la zozobra y el miedo, la amenaza y el riesgo cierto, que han trasegado tempranamente con la realidad de la muerte, sobrevivientes de tragedias en las que han caído amigos, hermanos, vecinos, padres. Muchachos que conservan la sonrisa y la fuerza, pero que saben que la violencia no se entierra. Ni se olvida, como tampoco el dolor, la agresión, la humillación, el ultraje.
Ni tampoco se repara con bienes materiales ni indemnizaciones pecuniarias exclusivamente. De allí la pobreza del debate de la ley de víctimas en el Congreso. Debate reducido a una polémica empantanada en recursos presupuestales y trámites burocráticos para acceder a las indemnizaciones, alegato por disquisiciones nominalistas sobre la especificidad de la condición de víctima, y las características de las fuerzas agresoras, incluidos agentes del Estado. Da grima oír al Ministro de Hacienda empecinado como cualquier tendero de barrio en la dialéctica del centaveo y a un presidente vanagloriarse de que gracias a su política de seguridad democrática, las víctimas se han visibilizado y han podido explicitar sus reclamaciones, sin que las maten. El propio Presidente dándoles un tratamiento de parias mendicantes.
El tema de las víctimas debe estar en el corazón de la preocupación del país. Un asunto de vergüenza. De urgencia nacional. Contrario a lo actual donde produce rechazo, aburrimiento y satanización. La tragedia que ha vivido, que vive Colombia es mayúscula, con una generación que ha nacido y crecido en medio de una violencia atroz, que no suscita reacción ciudadana.
Además de recursos materiales, las víctimas necesitan de una verdadera reconciliación que les devuelva su dignidad. Que las reconozca como ciudadanos con derechos y oportunidades, donde el duelo, la sacralización de la vida y la memoria tienen un lugar fundamental, como lo mostraron los jóvenes reunidos en Armenia. Una reconciliación que involucre a la sociedad colombiana en su conjunto, dispuesta al fin a estrangular la indiferencia y a volver a conmoverse.
* Estos jóvenes forman parte del proyecto La Legión del Afecto.
