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Mirar al sur

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María Elvira Bonilla
08 de noviembre de 2010 - 02:49 a. m.
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EN UNA REUNIÓN DE AMIGOS, TODOS padres de familia, surgió, como parte de esos ejercicios que se hacen proyectando el escenario futuro de los hijos, la pregunta sobre cuál debía ser el segundo idioma que los niños debían aprender, para tener mejores herramientas a la hora de enfrentar el futuro.

Se impuso, por encima de cualquier pronóstico, el portugués sobre el mandarín, La explicación es simple. Llegó la hora de mirar al sur y pensar en la potencia vecina: Brasil. Dilma Rousseff, la nueva presidente, recibe un país volando. Poco sabemos de esa potencia económica, cultural, pionera en agricultura tropical, porque nos separa una gran barrera: el idioma. De allí la importancia de aprender portugués.

Lula supo gobernar sin estridencias ni palabrerías. Ejerció un liderazgo moderno que lo colocó en el naciente mundo multipolar que habrá de reemplazar el asfixiante unipolarismo norteamericano. Liderazgo asentado en un trabajo serio, continuado, constructivo y con propósito, con estrategia y visión de largo plazo, característica de los gobernantes —civiles y militares— y de la política pública brasileños a lo largo de los años. Su pasado obrero le ha dejado sensibilidad, capacidad de comprensión con una mirada compleja y no desde el resentimiento. Basta recordar la lágrima que se le escapó, con una emotividad extraña en los gobernantes, el día que Brasil fue escogido para ser la sede de la Copa Mundo de Fútbol en 2014.

Lula se supo situar por encima de las divisiones y contradicciones de su país, verdaderos abismos sociales, y no para negarlas, sino para asumirlas y buscar superarlas. El progreso fue grande en muchos ámbitos gracias a una política económica pragmática y efectiva de incremento de la riqueza colectiva, complementada y sustentada en una política social que, como nunca antes, logró enfrentar la enorme pobreza, desigualdad y exclusión que por siglos habían reinado en el gran país. Lo hizo con decisión, recursos y efectividad.

Lula deja la Presidencia con un 87% de respaldo ciudadano, considerado el líder latinoamericano con mayor proyección y convencido de que su país tiene un destino manifiesto en el continente. Su perspectiva fue la de convertirse en el eje aglutinador de los países suramericanos y replantear la relación con unos Estados Unidos que siguen sin dar señales claras de cara a América Latina.

Dilma Rousseff llega en un momento crucial a Brasil y muy seguramente será capaz de imponerle el sello personal a su gobierno, el de un ser humano apasionante, regido por la fuerza de las convicciones. Una típica hija del baby boom, que compartió los sueños revolucionarios de su generación, pagó cárcel por enfrentar la dictadura y superó un cáncer linfático con el que batalló frontalmente, sin abandonar la política, capaz de enfrentarse a las fuerzas más retardatarias y fanáticas del Brasil, que se le atravesaron sin consideración alguna. Lástima que seguir su gobierno no será fácil, por aquello de no saber portugués, ni estar aún orientados hacia el sur. Tristemente el país del norte, tan errático y confundidor, sigue siendo el faro central.

 

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