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¡Que vivan las brujas!

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María Elvira Bonilla
19 de octubre de 2009 - 12:57 a. m.
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SE PREPARAN LOS RESTAURANTES y vitrinas de almacenes con imágenes de brujas y brujitas, unas gratas y graciosas, otras feas y temibles, para invitar a celebrar su día, el 31 de octubre. Una tradición que heredamos, como tantas, del mundo anglosajón, pero que tiene su significado.

Desde cuando se hicieron famosas en tiempos de la Inquisición, las brujas han sido perseguidas por ser mujeres distintas. Por intuitivas y anticipadoras de futuro. Por saber más de la cuenta. En los siglos XVI  y XVII con su capacidad para curar con brebajes, sólo ellas se acercaban a enfermos y desahuciados que la sociedad dejaba de lado. Desarrollaron así un sentido terrenal, no sobrenatural, de la vida y de la muerte, que fue interpretado como un signo de alejamiento de la fe y de los mandatos divinos. No había duda, eran brujas. Mujeres temidas y enigmáticas con saberes especiales que empezaban a sobresalir en un mundo dominado por los  hombres, a través del trono y del altar. La ira, el miedo y la curiosidad que despertaban llevaron a que centenares de mujeres sabias e inocentes terminaran en la hoguera por cuenta de las famosas “cacerías de brujas”, montadas a partir de chismes, delaciones y falsas acusaciones. Una práctica por lo demás recurrente en la historia.

Brujas han llamado a las mujeres que quisieron dedicar sus horas al pensamiento y la filosofía, un derecho exclusivamente masculino. Mujeres que más allá del destino matrimonial buscaron abrigo en los conventos para poder escribir o dedicarse a la contemplación. De ahí los versos entre sacros y profanos de Sor Juana Inés de la Cruz, escritos en la desesperación y la disciplina de una celda entre los hábitos de las Jerónimas en México, decidida a evadir con la fuerza de la creación las prohibiciones de su confesor el jesuita Antonio Núñez de Miranda. Otras optaron por el disfraz para desafiar lo prohibido como Amandine Dupin, convertida a George Sand para darse el gusto del disfrute de los cafés y la vida nocturna de la París de 1870 y poder publicar sus novelas, que terminaron haciéndola famosa con nombre de señor. Y que decir de brujas como Hannah Arendt, odiada y perseguida por los nazis, quien se atrevió a gritarles en su cara: “Me gusta la pelea, mi más bella herencia alemana, más todavía, mi más bella herencia berlinesa. Soy impulsiva de nacimiento, me gusta la polémica y el duelo, pero sobre todo combatir la estupidez”.

Las brujas siguen más vivas que nunca. Es el epíteto con el que se insiste en satanizar a las mujeres con carácter, independientes, con ideas propias, que escapan a todo estereotipo, incluso estéticos. Bruja es la que incomoda y estorba con sus actitudes firmes. Mujeres incisivas, que mandan y deciden con verticalidad; que hablan claro sin medias tintas; francas y tercas, insubordinadas, indómitas. Las brujas contemporáneas son mujeres que responden a sus deseos y a su voluntad, que deciden sobre sus actos, que viven en libertad. Las suyas son vidas a contracorriente, enfrentadas al martilleo persistente de sus contemporáneos que con sus perjuicios atormentan pero que les da la fuerza para seguir cargando como Eva, el designio de ser las culpables de la expulsión del Paraíso.

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