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Lo que se hereda...

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María Elvira Samper
21 de febrero de 2010 - 04:59 a. m.
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NO SABE UNO NUNCA QUÉ LE DEPARA la vida, y por esas cosas insondables del destino hoy me abre generosamente sus páginas esta casa editorial, la misma de la que mi abuelo, Luis Eduardo Nieto Caballero, LENC, fue codirector hace ya muchos años, al lado de ese otro ser excepcional que fue don Luis Cano.

Las viejas generaciones —las nuevas lo ignoran— saben que tanto en El Espectador como en El Tiempo, donde fue colaborador permanente durante 40 años, mi abuelo siempre estuvo al servicio de lo que creía justo, de lo que creía bueno para el país, nunca en función de intereses personales. El sentido ético y la vocación de servir los intereses más altos, nunca los personales, fueron su norte. Luchó contra la corrupción y los abusos del poder con la más limpia de las armas: su pluma. Sufrió la cárcel y la censura pero nunca desfalleció en la defensa de las libertades, sobre todo de la libertad de prensa; no se dio tregua en la búsqueda de la verdad, ni retrocedió frente a las amenazas de la dictadura del general Rojas Pinilla.

También por esos insondables designios de la vida, vivía yo con mis abuelos en esa época aciaga. Fui testigo mudo de una permanente agitación que sólo más tarde, superada la infancia, pude entender. En esa casa se alimentó la resistencia civil y se conspiraba contra el déspota, y fue mi abuelo unos de los protagonistas del proceso que condujo a la caída del régimen.

Eran tiempos de censura y LENC, que llevaba casi 50 años escribiendo casi sin interrupción en varios diarios, entre ellos El Espectador y El Tiempo, fue silenciado en el que sería su último año de vida.

Pero como no podía guardar silencio porque no sabía callar, pasó a las cartas, escritas de su puño y letra, una letra menuda y legible, que dirigía al general Rojas y entregaba personalmente en las puertas del Palacio de San Carlos, y que mimeografiadas circulaban de mano en mano con la complicidad de periodistas, intelectuales, estudiantes, empresarios y mujeres corajudas como mi propia abuela, e incluso trascendieron a la prensa extranjera. En ellas, uno tras otro, mi abuelo denunció los atropellos oficiales, exigió justicia, reclamó por la clausura de El Tiempo y denunció la corrupción y los abusos del poder. Ya cuando la vida se le escapaba , dos meses antes del golpe de opinión que puso fin a ese tenebroso gobierno, escribió la última de 14 cartas. Fue mi abuelo aliento vital de la resistencia pacífica que puso fin a la dictadura.

Todo esto es para decir —y ofrezco disculpas por el tono tan personal de esta primera columna— que llevo en mi sangre, sangre de periodista —mi mamá también lo es desde hace décadas—, y que mi herencia es la del pensamiento crítico, liberal y libertario; la de la independencia y el carácter; la de la defensa de los derechos y las libertades; la de la tolerancia y el respeto por las ideas ajenas; la de que los principios no son negociables ni por poder, cálculo político o dinero.

Lo digo sin temor, para honrar una herencia familiar que me llena de orgullo y que no puedo traicionar, en momentos en que todo parece ir de mal en peor para el periodismo porque existen amenazas de censura que no por difusas son menos perversas.

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