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"NO PERDONO AL ASESINO DE MI hijo", les dijo Nelly Vargas a los periodistas que la entrevistaron luego del asesinato de Miguel Ángel, su hijo adolescente.
A continuación, exigió castigo para el culpable, Jeisson Javier Fonseca, de 19 años. Esa expresión de una madre agobiada por el dolor me sorprendió, y me sorprendió por su valor, por su carácter, porque dijo lo que dijo mirando de frente, sin asomo de culpa. No se precipitó a la concesión gratuita y automática del perdón al criminal y por encima de todo reclamó justicia.
Admiro su coraje porque, por regla general, la primera reacción de las víctimas después de cada masacre, de cada atentado, de cada liberación, de cada homicidio…, es el perdón a los responsables. El perdón como un ritual, como si se tratara de un reflejo condicionado. Y sí que lo es y se lo debemos a la ética cristiana que lo concibe como valor supremo y que lo convierte prácticamente en una obligación del creyente, que debe perdonar a los que lo ofenden para no caer en la tentación del mal, de la venganza, y así lograr la redención: al que perdona Dios lo absuelve de sus pecados. El perdón como aplanadora que pavimenta el camino hacia el reino de los cielos. ¡Aleluya!
Mientras tanto, mientras llega el día del juicio divino, hay que poner la otra mejilla, resignarse y sufrir en este valle de lágrimas porque “los que siembran con lágrimas, con regocijo cosecharán” (Salmo 126.5), y porque sólo los misericordiosos alcanzarán misericordia. ¡Aleluya!
Que me perdonen pero me sabe mal esa absolución redentora enraizada en el sentimiento de culpa, en razones moralistas y en virtudes sanadoras. Me parece que lo que hace es darle una especie de parte de tranquilidad al criminal, y eso de alguna manera significa renunciar a la justicia. Digo ésto pensando en el perdón que miles de víctimas de la violencia guerrillera y paramilitar han concedido y conceden a priori a los victimarios. Miles de perdones que tal vez les garanticen el reino de los cielos –si es que existe–, pero que no han servido y de nada sirven para sembrar semillas de concordia en esta tierra.
En el reino de este mundo la relación entre perdón y justicia no es ni mucho menos directa, tampoco fácil o fluida. Sobra decir que en este valle de lágrimas abunda el perdón pero escasea la justicia. Por eso, más importante que perdonar es reclamar justicia, que es el imperativo necesario y exigible para la convivencia social pacífica. Y exigir verdad y reparación. Son las condiciones mínimas y básicas para crear un clima de reconciliación que, sin embargo, no excluyen la importancia y la necesidad de plantear el perdón como factor que puede contribuir a cerrar el ciclo de violencia.
Pero el perdón no como deber sino como derecho, porque las víctimas no están obligadas a otorgarlo –tampoco los verdugos a pedirlo—. Un perdón arraigado en la tierra, en la reparación del equilibrio roto por la violencia, desprovisto de su carácter de tiquete al cielo. Un perdón, que si bien es de carácter individual, discrecional de cada una de la víctimas, puede llenarse de contenido social si es fruto de un proceso político en el que está presente la justicia, aunque sea sólo cierta dosis de ella, como en los casos de justicia transicional. Perdón y justicia son procesos complementarios. De nada vale el perdón si la justicia está ausente.
