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Petro y el undécimo mandamiento

María Elvira Samper

18 de febrero de 2012 - 08:00 p. m.

Me sorprende la especial inquina con la que ha sido tratado el alcalde Petro desde que asumió el cargo.

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Ha tenido luna de hiel y no de miel, y no ha gozado siquiera de los 100 días de período de gracia que tradicionalmente se les da a los gobernantes antes de empezar a pasarles cuenta de cobro. Opinadores, analistas y excontendores le dan palo sin compasión, y aunque él considera que hay una campaña mediática en su contra, lo cierto es que suministra munición suficiente para los ataques, pues se ha especializado en violar el undécimo mandamiento: no dar papaya.

Petro da papaya un día sí y el otro también, porque un día dice una cosa y al siguiente echa reverso; porque no parece tener claras las prioridades de su gobierno y lanza propuestas a diestra y siniestra, unas sin relevancia y otras importantes, pero sin mayor soporte técnico y financiero; porque actúa como polemista y no como alcalde; porque parece más interesado en ganar estatura presidencial, que en gobernar; porque carece de una estrategia integral de comunicación que vertebre los mensajes en función de los objetivos de gobierno, que oriente hacia dónde va la administración, algo imposible de hacer a punta de twitters.

Que Petro es distinto y su estilo diferente, dicen sus más cercanos; que realmente es el primer alcalde de izquierda que tiene la capital; que está rompiendo moldes; que su modelo de ciudad es diferente al de Mockus y Peñalosa —e incluso al de Garzón—, porque es un modelo en el que el Estado es sobre todo ejecutor y no supervisor, y en el que priman lo público y la participación de la gente en la definición de las prioridades de inversión, los microproyectos sobre los macroproyectos... Es posible que así sea, pero como escribió en reciente columna el exdirector del Banco de la República Salomón Kalmanovitz, el alcalde no puede pretender refundar la ciudad ni renunciar a construir sobre lo construido, a rescatar lo rescatable.

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Por otra parte, Petro no puede hacer caso omiso de que fue elegido sólo por el 30% de los votantes y se equivoca si cree que puede imponerse con actitudes autoritarias, pues gobernar no sólo es mandar, es también persuadir, y parte de su tarea es convencer de las bondades de su programa de gobierno al 70% de los que no marcamos su nombre en el tarjetón. También se equivoca si cree que puede gobernar sin el Concejo que, entre otras cosas, debe aprobar un cupo de endeudamiento de tres o cuatro billones de pesos para poder cumplir con su ambicioso programa, hoy deficitario en ocho billones; las modificaciones del POT y del presupuesto que dejó aprobadas Clara López; la reforma tributaria; las facultades extraordinarias para hacer una reforma administrativa y el Plan de Desarrollo si no quiere no sacarlo por decreto.

Improvisación y arrogancia son, por lo pronto, las dos marcas más notorias de Petro. En cuanto a lo primero, tiene tiempo para corregir, decantar y establecer prioridades para gobernar en forma, y poner orden en la administración y en la ciudad. En cuanto a la arrogancia, él mismo reconoció en uno de los debates de campaña que es el rasgo de su personalidad que más le cuesta vencer. Petro se cree superior, sobre todo en el aspecto intelectual y montado en el pedestal de su supuesta superioridad marca distancias tal vez para que no puedan verse sus limitaciones, y se aleja y se aisla de aquellos que podrían ayudarlo a ver lo que él no ve. Ese es su talón de Aquiles, y con él también da papaya.

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