Si Angelino Garzón fue un incordio para el primer gobierno de Santos, porque intervenía en asuntos que no eran de su resorte y además en contravía de la posición oficial, Germán Vargas Lleras puede convertirse en una pesadilla para la segunda administración santista por exceso de protagonismo.
Resistirse a la tentación de lanzar su candidatura a la Presidencia para competir con Santos y permanecer en el redil para jugarse por la reelección como su copiloto, le permitió cobrar por ventanilla, poner condiciones y diseñar el cargo a su medida.
Se sacudió de asuntos que no le ajustan —derechos humanos, comunidades indígenas y afros y diálogo social— y reclamó funciones relacionadas con vivienda, agua potable e infraestructura —incluidos proyectos claves para Bogotá—. Es decir, áreas donde la ejecución se traduce en obras, lo más rentable en términos políticos. Y también meterá mano en asuntos con ingredientes ambientales que considere que frenan el ritmo de la locomotora que él conduce.
En menos de dos meses de acción, ha presidido la firma de contratos para vías 4G por ocho billones de pesos y ha visitado municipios de varios departamentos para revisar in situ proyectos de infraestructura, resolver problemas que frenan las obras, entregar viviendas, inaugurar acueductos… Son sus muy particulares consejos comunitarios, en los que se presenta, casi siempre, con los ministros de Vivienda y Transporte (viceministros los llaman sotto voce) y los directores de la ANI e Invías, y a los que convoca a congresistas de la región y al alcalde y al gobernador respectivos. Escenario perfecto para mostrarse como gran ejecutor, salir en los medios locales y abonar el terreno hacia la Presidencia, su mayor ambición.
Vargas Lleras pisa y apuesta duro, lo cual encierra un doble potencial de conflicto: con los ministros y con el presidente. Con los primeros, porque algunos consideran —entre ellos la ministra de Comercio, Cecilia Álvarez— que está capitalizando como propios logros del Gobierno, a lo que se suma la molestia de otros por su arrogancia y mal carácter. Además de la química-cero con Álvarez, asoma ya un duro pulso con el ministro Cárdenas, también con aspiraciones presidenciales y quien puede frenar sus exigencias de más recursos con el argumento de la regla fiscal. Vargas protestó por el recorte de presupuesto a Invías, pidió más billete para vías terciarias y conectividad, y aprovechó reclamos de los gobernadores por mayores recursos para vivienda, agua e infraestructura, para recordarle que son “compromisos” del presidente. Tampoco se descarta que sus ministros-alfiles se cansen de ser peones de brega o que minambiente se resista a cederle espacio en su rancho, e incluso que surja una rivalidad con el superministro Néstor Humberto Martínez, también con credenciales para aspirar a la Casa de Nariño. No creo que haya dejado jugosos negocios y asesorías con el hombre más rico del país, Luis Carlos Sarmiento, solo para firmar decretos y ser el distribuidor de tráfico de los ministros hacia el despacho presidencial. “El que no quiere ser presidente de Colombia, es ecuatoriano”, dicen por ahí.
El potencial de conflicto con el presidente radica en el exceso de protagonismo de Vargas Lleras, que puede derivar en que Santos se sienta eclipsado por él y/o en choques con políticos de la coalición, que no se lo tragan. Por uno o los dos motivos, llegará el día en que el primer mandatario deba ponerle el ‘tatequieto’ a su copiloto. Mientras tanto, Vargas Lleras funge como si fuera presidente de facto. Mientras tanto.