Después del esfuerzo que hemos hecho como sociedad para vivir tranquilos, no podemos a estas alturas resignarnos a encaramar al poder a un tipo nacido del huevo de la serpiente. Los colombianos tenemos al tigre de la violencia más amansado, como para venir a asustarnos ahora con lo que va quedándole de cuero.
Con las máquinas de propaganda electoral encendidas a todo vapor, nos hacen creer que estamos igual que antes. No es verdad. En 2001 la tasa de homicidios era de más de 70 por cada 100.000 habitantes. Hoy es de 26, casi la tercera parte.
En ese momento las guerrillas secuestraban a diez personas al día. Pero conseguimos que sus jefes pidieran perdón y que la gran mayoría de sus 13.000 desmovilizados le sigan cumpliendo a la paz que firmaron hace diez años.
En esa época los paramilitares estaban cometiendo una masacre a la semana. Pero conseguimos que sus jefes se desmovilizaran desfilaran ante la justicia desde 2006 y confesaran sus crímenes.
No ha sido color de rosa. Las víctimas se han tenido que tragar tales sapos de impunidad que aún les hierve la sangre. Muchos victimarios se escabulleron y hoy encabezan los carteles criminales.
Pero, aún así, hemos logrado arrinconar a la barbarie. Esa que se nos metió en el ADN nacional desde los años 80, con la guerra contra las drogas, o antes, desde los años 60, con la Guerras Fría, o aún más atrás, de los 50 con La Violencia partidista.
Como país hicimos de todo. La gente se organizó para protestar, resistir, contener, atajar, curar, remediar: madres de la Candelaria y de Soacha, mujeres de la Ruta Pacífica, víctimas de Estado y de guerrilla, marchas multitudinarias por la vida y contra el secuestro, comunidades de paz, sacerdotes por la reconciliación. Destapamos los falsos positivos, desnudamos la Farc-política y la parapolítica.
Empresarios, académicos, desmovilizados, activistas crearon instituciones privadas dedicadas a construir caminos de civilidad, como Pares, Indepaz o la Fundación Ideas para la Paz que llevan discretamente tejiendo comunidad por todo el territorio, sin que nadie les haya agradecido lo suficiente. Muchos otros lo hicieron en las regiones, desafiando amenazas. El Estado montó el sistema de Justicia y Paz, procurando hacer las dos, y las comisiones de Reconciliación y de la Verdad, y la Jurisdicción Especial para la Paz. Ensayamos la guerra total con la Seguridad Democrática, y la Paz Total, con la Colombia Humana. Todos emprendimientos humanos, llenos de falencias, pero encaminados, con ideologías opuestas, a construir una paz duradera.
Después de semejante odisea colectiva, cuando aún estamos a tiempo de volver a meter al tigre de la brutalidad en la jaula, las encuestas dicen que una quinta parte de los votantes quiere sentar en el Palacio de Nariño a quien lo representa.
No puede ser que nos dejemos engatusar tan fácilmente. Por todos nuestros muertos, todos nuestros héroes, por los millones de ciudadanos que han puesto su cuota de sufrimiento o su granito para construir esta paz evasiva, la salida no está en volver al pasado.
Ahora parecen ser menos los que dicen que prefieren al abogado. Quizá ya muchos vieron que sus sueldos los pagó con demasiada frecuencia algún criminal: el testaferro de Maduro, o el de la pirámide de estafa, o el narcoparamilitar. O, quizás, desconfían que le huya a la crítica como a su sombra y busque silenciarnos a punta de demandas.
No obstante, el riesgo de que Abelardo se cuele a la segunda vuelta aún es alto. Juega la carta del miedo y demasiados le creen. La ironía es que, si lo que temen es volver al pasado de 30.000 muertos al año, él es el camino directo de regreso a esa oscuridad. No importa de qué se disfrace.