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Cosechas de pandemia

María Teresa Ronderos

18 de enero de 2021 - 10:00 p. m.

Pienso con optimismo por disciplina, porque es difícil pronosticar frutos dulces de una siembra tan errática e injusta como la que dejan la pandemia, el miedo y los encierros.

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Yo, como ustedes —supongo—, leí lo que pude para entender esta peste apocalíptica. Contagio, de David Quammen, explica cómo hemos irrumpido en tantos lugares donde antes vivían aislados animales con sus virus extraños, que es cada vez más probable que estos tengan a un humano cerca y lo contagien. El mal muta, se vuelve pegajoso y letal.

Me anima que reconocer el origen ambiental de esta crisis mayúscula nos lleve a tomar conciencia por fin sobre la urgencia de combatir los negocios de madera, de tierra y de minerales que ponen nuestros bosques y páramos en vilo. Con la prohibición de salir, además, el aire de las ciudades se limpió, los árboles reverdecieron y volvimos a escuchar el canto de los pájaros. Apreciar que se puede vivir mejor tal vez nos lleve a prácticas más verdes, como usar menos el carro particular.

También me ilusiona percibir la calidad de la conducta social. Hasta el habitante de calle más humilde lleva su tapabocas, la señora que vende aguacates rocía con alcohol bolsas y billetes, y no hay portero que no le tome a uno la temperatura. Es probable que los años terribles de narcoterrorismo nos legaron esa capacidad de adaptarnos rápidamente a nuevas prácticas ante una amenaza colectiva.

El otro rayo de luz fue la solidaridad callejera. Una señora en Barranquilla evitó con gritos que un policía terminara de moler a palos a un joven venezolano que pedía comida en la calle. Profes de escuelas hicieron vacas para llevarles mercados a sus alumnos más pobres. Amigos compartieron sus escasos ingresos con otros que se quedaron sin trabajo. En la calle muchos días vi gestos de generosidad.

Mi disciplina de optimista, sin embargo, no me deja ciega. Los gobernantes posaron de humanitarios, pero creo que se rajaron con cero aclamado. Decretaron cuarentenas y “toques de queda” dizque para “cuidarnos todos”, a sabiendas de que dejaban expuestos a los más vulnerables. Nunca fue tan cierto ese adagio popular que reza: “Somos todos iguales, pero hay unos más iguales que otros”.

Sin dónde encerrarse y sin agua con qué lavarse las manos, quedaron por fuera los migrantes (y ahora parece que dejarán sin vacuna a los indocumentados, como si el COVID-19 le mirara los papeles a la gente). Dejaron sin colegio y recluidos a los niños, con menos derechos que los perros; sin acceso a salud a los enfermos de todo lo que no fuera COVID-19, y sin trabajo a cerca de un millón de jóvenes (cerró el año con uno de cada cuatro buscando empleo sin éxito). Quedamos con medio millón más de habitantes del campo desempleados. Es decir, el remedio les hizo allí más daño que la enfermedad. Excluidos terminaron miles de microempresarios.

De los gobiernos de países con ingresos medios, el de Colombia está entre los que les han dado limosnas más miserables a sus pobres durante las cuarentenas. Calculan los expertos que terminamos 2020 con 34 de cada 100 colombianos en la pobreza, la peor cifra en una década.

Y la herencia más grave es el auge de la violencia. Jóvenes sin empleo son carne de cañón para el crimen. No sorprende que hoy este expanda su sombra tenebrosa en las dos costas, en el oriente, en los barrios populares.

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Pero quizá también —pensando de nuevo en positivo— una exclusión social tan brutal, particularmente de los jóvenes, nos lleve a protestar con fuerza sostenida para cambiar este estado injusto de cosas. Esa sería la mejor cosecha.

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