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Cuatro razones del desmadre

María Teresa Ronderos

23 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

Estas son las fuerzas que condujeron a la explosión social:

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La primera: los jóvenes están conectados con el mundo. Su agenda es feminista, ambientalista, pacifista, artística y libre, reivindica a los excluidos de siempre y cree que el 1 % más rico se queda con demasiado. Se imaginan un Estado que confía en el talento de sus pobres porque de ahí saldrá la riqueza duradera; uno que no ve progreso si se contamina, ni ve desarrollo si no hay empleo digno, ni ve democracia si las campañas electorales se financian con la plata de las carreteras; uno que distribuye mejor lo que hay. Aquí, en Chile, en Nicaragua, en Estados Unidos...

La segunda: la organización social y comunitaria es recia, resistente. Se le plantó al paramilitarismo para que dijera la verdad de su brutalidad y resarciera sus crímenes; a las Farc para que avanzaran el Acuerdo de Paz, dijeran la otra media verdad brutal y resarcieran sus crímenes; y a la Fuerza Pública para que por fin saque a la luz su cuota de responsabilidad en la guerra sucia.

Esas mujeres y esos hombres alcanzaron a tocar la paz con las manos. No era perfecta, ni llegó a todas partes, pero pudieron volver a bailar en San Jacinto y soñar con empresas de café ecológico en el Cañón de las Hermosas. Por unos meses, hasta en el Cauca respiraron.

Pero vino un Gobierno de gelatina asentado en un molde mental de hace dos décadas a convencernos de que todo era mentira. Y de ahí creció la frustración y las comunidades organizaron los bloqueos, desesperadas por ser escuchadas.

En las ciudades deberían entenderlas mejor ahora. Probaron una muestra de la medicina que han recibido por décadas muchos de quienes protestan. Durante el conflicto armado decenas de pueblos quedaron atrapados bajo fuego. Ahora les pasó por primera vez a las urbes y cundió el miedo. Un miedo legítimo. ¿Quién no lo tiene cuando se siente rehén en Cali y sabe que una ambulancia no puede llegar? Creció la rabia. ¿Quién no la acumula ante la impotencia?

Es ese rincón de miedo e impotencia adonde las comunidades propaz organizadas no quieren dejarse volver a meter.

La tercera: viviendo aún bajo las sombras de la Guerra Fría, quedaba fácil desechar toda protesta ciudadana como complicidad con las guerrillas. (Desueto como es, el partido de gobierno sigue usando el argumento, pero ya sabemos que lo que queda son criminales con brazalete de alguna causa olvidada). Con el fin de las Farc voló la tapa de plomo de una olla social que llevaba años hirviendo. Así lo previeron los mismos negociadores de paz. ¿Cómo sorprende que reclamen a borbotones en el país del continente que menos gastó para ayudarle a su gente durante la pandemia?

La cuarta: la libertad de expresión ha sido la sangre que empieza a fluir en un sistema circulatorio lleno de tapones. No hay quien tranque los miles de videos de la gente en Instagram y Tik Tok. Las verdades oficiales tambalean cuando la gente todo lo filma y lo hace público, y Cerosetenta primero y después The Washington Post pueden analizar la evidencia visual con precisión forense para determinar qué hizo la Fuerza Pública con las armas que deberían servir para proteger a la ciudadanía.

Del discurso incluyente contemporáneo, de una organización social fraguada bajo fuego, del respiro que hace transparentes los problemas que la guerra ocultó y de una libertad de información jamás vista salen los ríos de gente a la calle. Si consiguen convertir su bronca en poder para una agenda política pacífica, productiva, meritocrática, feminista, ambientalista y redistributiva, habrá valido la pena el desmadre.

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