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Trump está haciendo exactamente lo que dijo que iba a hacer. La gente pidió cambio drástico, y ahí se los está dando. Por eso crece su popularidad.
Lo consigue porque, como en la novela distópica 1984 de George Orwell, Trump domina el arte de rotular como amor al odio, como paz a la guerra y como libertad a la esclavitud. Así, al ritmo de la proclama “engrandecer a América”, destruye en casa los pilares de esa grandeza y debilita su estatura en el mundo.
A nombre de “acabar con el desperdicio”, escribe el experto en tecnología, Eryk Salvaggio en Tech Policy Press, deja que Elon Musk y sus muchachos emprendan la automatización del gobierno con inteligencia artificial (IA). Con fotos de una mina llena de documentos de las pensiones, Musk le pone drama y credibilidad a su tarea de demolición. “Sin embargo –dice Salvaggio –lo que ellos buscan es sacarle al gobierno la carga política, pasarle el trabajo sucio de ganar debates políticos a la autoridad falsa de los análisis de las máquinas”. Busca un golpe de Estado con la IA como excusa.
Algo de esto ya está sucediendo. La National Endowment for Democracy (NED), una filantrópica apoyada por el Congreso estadounidense para impulsar la democracia en el mundo, no está pudiendo girar dinero a sus beneficiarios. Nadie la cerró. Pero Musk la demonizó en su X, como autora de “crímenes indefinidos” y, luego, sus techies, hoy en control de los giros del Tesoro Federal, pararon sus pagos. “Si se le acaba el dinero, considere que nuestra beca ha finalizado”, escribió NED a sus receptores.
La perspectiva del autoritarismo tecnocrático tiene felices a los grandes de la tecnología, Zuckerberg, Bezos y compañía. Como reptiles que mudan su piel, han desechado sus convicciones democráticas, verdes e idealistas para no perderse tajada del pastel que repartirá el nuevo régimen. Le dan respaldo así al “autogolpe”, como lo llama Paul Krugman.
Krugman explica que aunque la burocracia federal de su país no ha crecido desde los tiempos de Eisenhower, Trump la hace ver enorme y en necesidad urgente de ser recortada. Con ese cuento les ofreció compensación a los 2,5 millones de empleados federales para que se retiren. No quiere achicar el Estado, sino sustituir a funcionarios de carrera por fieles al régimen (escudados por algoritmos que nadie entiende y no se pueden supervisar).
Cuentan los profesores Levitsky y Way que fundaciones trumpistas han gastado millones en reclutar a 54 mil personas leales al régimen para reemplazar a los que renuncien. Según estos autores, lo que se está erigiendo en Estados Unidos es un “autoritarismo competitivo”, muy parecido al que inauguró Fujimori en Perú o al que montaron Chávez en Venezuela o Bukele en El Salvador. No será una dictadura, pero sí usará al propio Estado como arma para arrinconar a críticos y opositores, endilgándoles supuestos fraudes impositivos o lazos con el terrorismo.
En otras palabras, tras el discurso de la América Grande, se cuece una América pequeña, vengativa, que no le juega limpio a sus ciudadanos y marcha a toda máquina hacia atrás, destruyendo conquistas de años de luchas civiles. Una América cerrada, a donde la estatua de la libertad, como el meme que circula, empaca maletas porque ya no recibe a los perseguidos del mundo, sino que los demoniza. Una América que deja de usar su poder blando para promover los derechos humanos, la libertad, la paz o la salud. La América de hoy los usa para alardear ganancias comerciales con desplantes tarifarios y distraer con disparates, mientras los amigos del régimen cosechan negocios y el emperador ensancha sus emprendimientos inmobiliarios a nombre de la paz.