Esta semana se conocerán los datos del DANE sobre cuántos colombianos reciben ingresos por debajo de los que necesitan para vivir dignamente o incluso para sobrevivir (pobreza monetaria). También sabremos cuántos son pobres porque están privados de una vivienda digna, no tienen acceso a servicios públicos básicos ni de salud, sus hijos no comen lo suficiente o no van al colegio, y los adultos no tienen trabajo (pobreza multidimensional).
Es verdad que hemos conseguido una recuperación económica rápida después del frenazo que trajeron las restricciones impuestas para lidiar con la pandemia. El Gobierno anunció que será del 5,8 %. Pero también es cierto que la inflación va galopando (8,5 % hasta marzo) y el desempleo cae a paso de tortuga.
La gente lo siente. La Encuesta de Calidad de Vida del DANE de hace unos días, que representa a 51,2 millones de personas viviendo en Colombia, reveló que si en 2020 el 38 % de los ciudadanos se sentían pobres, al cerrar 2021 casi la mitad se sentían así. Y apenas el 8 % de los colombianos dijeron que se dan el lujo de gastar más allá de lo básico. Es decir, es una economía que crece dejando por fuera a la mayoría.
El Gobierno culpa enteramente al COVID-19, pero fue la combinación de restringir la movilidad por tanto tiempo y dejar a su suerte a microempresarios informales y cuentapropistas, generadores del grueso del empleo en el país, lo que tiene hoy a la gente en la olla. Es más, Colombia fue uno de los países de la región que menos se esforzaron para subvencionar a los más afectados.
Sin ayuda de nadie, las familias sacrificaron su capital. Según la citada encuesta, de 7 millones de hogares que dijeron tener casa propia y pagada en 2019, ahora apenas 5,9 millones dijeron tenerla. Según el DANE, la cantidad de niños que dejaron de ir a la escuela se multiplicó más de 6 veces en 2020. Ese año cerró además con 1,4 millones de adolescentes entre 12 y 17 años pobres multidimensionalmente. Carne de cañón para los grupos violentos.
Eso propone el candidato del continuismo: más de lo que hay. Si no queremos más de lo mismo, ¿entonces por qué votamos para que nada cambie?
Es que los poderosos contemporáneos de muchos países se las han ingeniado para crear un espejismo —ayudados por la hábil manipulación digital— y hacerle creer a la gente que lo poco que tiene está en riesgo y que la culpa de la pobreza la tienen los pobres o los jóvenes que protestan por la injusticia. Así, nuestros ciudadanos más vulnerables, esa mayoría que camina en la cuerda floja entre la pobreza y la clase media, terminan votando en contra de sus propios intereses. Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil y Ortega en Nicaragua —antes de su brutal método de fraude electoral— consiguieron engañar a la mayoría.
En Colombia hay opciones distintas a más de lo mismo. Se puede escoger. No dejemos que este juego de espejos nos vuelva a marear.