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El Gobierno Petro y lo fundamental

María Teresa Ronderos

09 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

Desde hace cinco años, cuando Gustavo Petro asomó la nariz como candidato presidencial, sus enemigos han venido tejiendo el presagio de que, al igual que Castro, Ortega, Maduro y Evo, en caso de asumir el poder, Petro nunca se iría y, luego, que el régimen terminará expropiando a los ricos y los que no son tanto, que estatizará y malgastará los dineros de pensiones y salud para hacer demagogia, y muchas otras especies de esa misma índole.

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Este relato es ubicuo en redes, mensajes y conversaciones de amigos y parientes. Lo alimentan a diario desinformadores a sueldo y desinformados espontáneos. Y no faltan los medios que replican con afán aquellas noticias que indiquen las malas intenciones de la Casa de Nariño.

Sin embargo, el Gobierno no se ayuda. Ha intentado abarcarlo todo —desde tumbar la ley de calumnia e injuria hasta desbaratar el contrato del metro de Bogotá— y está consiguiendo apretar poco. Es como si en la Casa de Nariño creyeran que el cambio de fondo consiste en meter la mano a todas las ollas y alterar cada parágrafo e inciso de cuanta ley exista.

Creo que se equivocan.

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Petro fue elegido para acometer dos cambios estructurales que, por años, el país ha venido pidiendo a gritos, con lágrimas y sufrimiento.

El primero: detener la reproducción de la violencia. Esto requiere varias labores difíciles: cumplir en el terreno el Acuerdo de Paz, que Eln y Fuerza Pública admitan que la Guerra Fría se acabó, conseguir que los carteles y clanes narcomineros se reduzcan a su mínima expresión mediante el sometimiento a la justicia y un servicio de inteligencia que les interrumpa el flujo de dinero fácil.

El segundo: cerrar la vergonzosa brecha de desigualdad, una de las peores del mundo. Con la reforma fiscal que ya se hizo se avanzó, pero esta tiene que traducirse en la práctica en conseguir cobrarles impuestos a los que nunca pagan. También, incluir a los que siempre quedan por fuera, a los “nadies”, como dice Francia Márquez, legitimar su derecho a decidir cómo vivir, sin imponerles desde el centro un supuesto desarrollo que les impide vivir mejor. Eso se traduce, ya sabemos, en un progreso ambientalmente sostenible.

Si Petro solo encamina por buen curso estas dos monumentales tareas lo recordarán varias generaciones por venir. Con tropezones aún, pero con ánimo de corregir, va encaminando la primera meta. Y en la segunda también avanza, a pesar de una economía internacional desfavorable.

Sin embargo, no está enfocando todo su esfuerzo en ellas. Eso lo ha llevado a ir perdiendo capital político, como aceite pierde un motor cansado. El ejemplo más dramático es su famosa reforma a la salud. Un parto de los montes que le costó un buen ministro y resquebrajó su mejor alianza con el establecimiento progresista. Esta ley, en la que se empecinó y que encima empeoraría el problema de desigualdad, desgastó a Petro con sus seguidores que lo vieron con desilusión sacarse fotos con César Gaviria, un expresidente que optó por seguir en la refriega politiquera y los contraticos públicos en lugar de retirarse laureado después de haber logrado la paz y forjado una gran Constitución, y con los barones electorales de malas mañas, como Dilian Francisca Toro y Efraín Cepeda.

No es verdad que Petro sea antidemocrático y su defensa de la prensa, aun la más crítica, es una potente señal de lo lejos que está de los autócratas que nos rodean en la región. Pero, ante la animadversión de medio país, necesita enfocarse en lo crucial, si no quiere seguir desperdiciando su precioso capital político en batallas que desdibujan lo que está haciendo bien e incluso podrían frustrarlo.

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