Aún, ocho días después, estamos procesando el batacazo que le dieron los votantes al sistema político colombiano. Salieron de pronto volando partidos tradicionales, uribistas, pseudouribistas, expresidentes, sus hijos y nietos. Los clanes de los Vargas Lleras, los Char y los Suárez Mira, castigados.
La polarización ideológica además se esfumó. No están en orillas opuestas Petro y Hernández. Incluso han expresado su simpatía mutua. Ambos creen que el Estado está carcomido por la corrupción y hay que sanearlo, y defienden el Acuerdo de Paz de La Habana.
Además los papeles se dieron vuelta. Petro, el aspirante antisistema que, según viene augurando desde marras la derecha, nos llevaría a la debacle, “representa ahora la opción más responsable, institucional y liberal”, según dijo el centrista Alejandro Gaviria.
Su opositor, Rodolfo, personaje colérico y solitario de 77 años, es un albur. No tiene equipo, programa, partido, representantes en el Congreso ni tecnócratas. Es solo él con su filosofía bíblica y mínima: “No mentir, no matar, no robar, no traicionar y cero impunidad”. Y si él siendo presidente llegase a faltar, nos dejaría a Marelen Castillo, a quien la Casa de Nariño le quedaría tan grande como le nada hoy la Presidencia a su homólogo Pedro Castillo en el Perú.
Por eso todos los que están en la orilla anti-Petro aspiran a escribir en ese cuaderno en blanco llamado Rodolfo. La Cabal y sus amigos de la extrema derecha lo ven perfecto para montar el trumpismo en Colombia. Total, Rodolfo ya dio visos de ese populismo ramplón, como decir que les quitaría las camionetas a los senadores y cerraría unas embajadas para combatir el déficit fiscal. ¡Qué emoción: tendrán por fin su propio Bukele, su propio Bolsonaro aquí en Colombia! ¡De pronto hasta cierra el Congreso!
Los políticos tradicionales, los uribistas y demás quieren llenar el cuaderno con su prosa. Si salen del Estado, mueren. Total, el lío de Rodolfo con la contratación de las basuras en Bucaramanga y su hijo de consultor de la empresa licitante muestra que no es tan enemigo de la corrupción como dice ser o que es fácil enredarlo en sus tentáculos. ¡Qué alivio! ¡No será el fin de sus mordidas de la torta del poder y los grandes desvíos de dinero público!
Los políticos decentes, que desconfían de Petro, como Fajardo y Robledo, buscan dibujar ese cuaderno en blanco. Total, Rodolfo genuinamente quiere luchar contra la corrupción y recuperar el camino abandonado hacia la paz, y lo responsable con el país es darle al ingeniero el músculo técnico, el plan de gobierno y el conocimiento de estadista que le faltan. ¡Qué maravilla, Rodolfo hará la gestión reformista y digna que ellos proponían!
Los empresarios poderosos acostumbrados a mover los hilos de los gobernantes ya debieron invitar al ingeniero a un whisky para que, descrestado, él mismo corra a llenarles la plana en su cuaderno. Total, Rodolfo es de ellos, pues dice que Colombia no es un país sino una empresa con 50 millones de accionistas y que todo lo que requiere es una junta directiva sana y un gerente con pantalones. Él entenderá que no hay que tocar este sistema cómodo que, con “exenciones, deducciones y tratos preferenciales”, les deja cada año el 2,5 % del PIB, según dice el profesor Luis Jorge Garay. ¡Qué salvada, no tendrán que redistribuir un peso y pondrán otro gobierno a su servicio!
Rodolfo es el joker de los juegos de poder que cada uno de los derrotados quiere convertir en triunfo. Un comodín útil en una partida de póquer de grandes apuestas, y es impredecible saber cómo va a terminar.