El país que construímos mal nos obliga ahora a salir por un desfiladero. Podemos atravesarlo con buen pulso y ritmo, con el foco en lo que debemos hacer colectivamente, y llegaremos a la pradera verde que soñamos. Pero también podemos caer al abismo, cada cual echando codo para proteger lo suyo, atrapados en una discusión de reformas de papel, creyendo aún a estas alturas que, en el país de los interminables debates procesales, las solas nuevas normas, sin doliente y sin liderazgo auténtico, producirán como por arte de magia una sociedad pacífica e igualitaria.
Por el contrario, podemos aprovechar la sed de transformación para...
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