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Emprender juntos un viaje hacia un mejor país

María Teresa Ronderos

18 de julio de 2022 - 12:30 a. m.

El país que construímos mal nos obliga ahora a salir por un desfiladero. Podemos atravesarlo con buen pulso y ritmo, con el foco en lo que debemos hacer colectivamente, y llegaremos a la pradera verde que soñamos. Pero también podemos caer al abismo, cada cual echando codo para proteger lo suyo, atrapados en una discusión de reformas de papel, creyendo aún a estas alturas que, en el país de los interminables debates procesales, las solas nuevas normas, sin doliente y sin liderazgo auténtico, producirán como por arte de magia una sociedad pacífica e igualitaria.

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Por el contrario, podemos aprovechar la sed de transformación para edificar un cambio cultural real. Este consiste en aplicarle el mismo sentido colectivo, que aflora cuando clasificamos a un Mundial o nos admiramos de haber construido una institución como el Banco de la República, a encarar problemas fundamentales que no hemos sido capaces de solucionar.

Pero no. Apenas soplan vientos de cambio, a los privilegiados los calificamos de “antidemocráticos” y por más figuras liberales que nombre Petro en el gabinete, solo vemos que su perfil izquierdo se parece al de Maduro. Cada cual a proteger sus pequeños intereses con ahínco, manejando su relación con la sociedad como maneja su automóvil: a la defensiva, jamás cediendo el paso.

Podríamos cambiar y emprender juntos este viaje hacia un mejor país:

Que los funcionarios públicos le “funcionen al público”, como decía Jaime Garzón, y soplen el silbato, sin miedo a denunciar por cuál agujero se escapan los recursos de salud o vías, porque ahora serán enaltecidos y no abucheados. Todos necesitamos que los funcionarios honestos avergüencen a los corruptos.

Que la lógica detrás de los contratos de sistemas sea hacer el gobierno más eficaz y no enriquecer amigos. ¿Cómo, por ejemplo, pretende un país de una economía mediana como Colombia cobrar impuestos con la página web de la DIAN dando error constante? ¿Cómo insertarse al mundo cuando la página de pasaportes solo da citas a las 5 p.m. y estas no sirven porque las colas son eternas? ¿Cómo hacer justicia si las personas no pueden jubilarse porque les aparecen deudas viejas nunca cobradas que indexadas a hoy valen millones? Todos necesitamos sistemas funcionales para la gente de a pie.

Que el Gobierno no siga tratando la protesta social como la peste porque detrás hay un negocio lucrativo. Se ha gastado en armas supuestamente no letales US$25 millones en los últimos cinco años, aunque ni el Estado sabe cómo usarlas para que realmente protejan vida y bienes, ni entrena bien a los policías en su uso. Suena a poco dinero, pero es un cuarto del presupuesto del Ministerio de Cultura de este año. Un cambio sencillo pero simbólicamente poderoso sería dejar de comprar esas armas. En Colombia han causado la muerte o lesiones de por vida a al menos 37 personas en los últimos cinco años, como lo demostró una investigación reciente que hicimos en el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), “El negocio de la represión”. Todos necesitamos que la gente no muera por reclamar derechos.

Abundan ejemplos de esta cultura de individualismo tóxico, acumulación desaforada y exclusión. Tenemos la oportunidad de cambiarla por una colectiva en la que juntos enfrentemos nuestros males endémicos: el crimen y la escandalosa desigualdad. Hasta los ricos-ricos podrían iluminarse y pagar más impuestos a cambio de dormir tranquilos en sus fincas y ahorrarse los guardaespaldas. Ceder para vivir mejor.

“No preguntes lo que el país puede hacer por ti, sino pregúntate lo que tú puedes hacer por tu país”, dijo John F. Kennedy. Esa frase debería ser el eslogan de la Colombia de hoy.

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