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¿Es la venta de milagros buena estrategia?

14 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

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Al gobierno de Abelardo de la Espriella le gusta llamar todo “milagro”: la patria, “un milagro”; el fondo de reconstrucción del terremoto, “milagro”; la economía que desregularizará, “milagro” y su programa de vivienda, otro “milagro”. Otros siete milagros: los de “servir, proteger la vida, el amor, el saber, soñar, crear y pertenecer”, quedaron dibujados en los apuntes de plan de gobierno que se filtraron de una reunión con Planeación Nacional.

Casi todos los milagros van bendecidos por el capellán de la Presidencia, Rodolfo Londoño de la Renovación Carismática Católica, una corriente cercana al papa Francisco. Será consejero en cinco universidades: Nacional (junto con Diego Torres), Pedagógica, Antioquia, Valle y Atlántico. Si lo hace bien, será sí un milagro, pues habrá probado que tiene el don de la omnipresencia, como el espíritu santo. 

Amarrar el sentir religioso de la gente fue indiscutiblemente una buena estrategia de campaña, como lo contó La Silla Vacía.

Creo, sin embargo, que la oferta de milagros es un camino arriesgado para gobernar. Los milagros son raros y no ocurren sólo por llamarlos milagros. 

Vistos con la esperanza que trae una nueva y más enérgica escoba en el Palacio de Nariño, que además cuenta con el respaldo entusiasta de varios cacaos, estos milagros anunciados se ven posibles y hasta emocionan. Por fin Chocó, dijo el presidente en su reunión en Quibdó con los empresarios, se pondrá en pie. Su obsesión, aseguró, es que al finalizar su mandato “queden sentadas las condiciones para que este bello departamento pueda producir, crecer y generar empleo”. El terremoto como acicate para reconstruir de veras al Chocó, no solo para restituir a sus 110 mil damnificados y levantar sus 365 escuelas destruidas por el último sacudón, sino sacarlo del abandono, es un gran mensaje. ¡Ojalá lo logre! Sería, en efecto, milagroso.

Mirados con ojo crítico se ven menos posibles. En Chocó, la mayoría de sus 600 mil habitantes no tiene agua potable y un 65 % de ellos está en la pobreza. La minería ilegal destruye ríos y bosques. Grupos criminales –gaitanistas, elenos, disidentes— y bandas urbanas tienen raíces hondas en el miedo, la brutalidad impuesta y el desempleo constante.

Aún si el milagro es acotado y sólo consigue “dejar sentadas las condiciones para la prosperidad en Chocó”, va a necesitar más que dinero, un viceministro de medio tiempo, una visita de empresarios sudorosos y un sacerdote carismático. 

Dirán los abelardistas que la seguridad también llegará al Chocó. Además del “milagro del amor” (que según los apuntes filtrados consistía en bombardear, fumigar, derribar lanchas y aviones, etc.), tienen listo el Plan Patriota, que según dijo el presidente en su encuentro con Marco Rubio, modernizará aviones, drones, radares, helicópteros, sistemas anti-drones, inteligencia, ciberdefensa y otros. 

El estreno del plan, por ahora, consistente en bombardear campamentos de criminales, con todo y niños recién reclutados, como sucedió en Guaviare, ya lo vimos antes. No ayuda a reconstruir el tejido de confianza roto donde brota el crimen, ni le corta las alas a los gángsters que manejan los hilos desde sus mansiones y pagan abogados costosos.

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El riesgo de llamar milagros a todos estos gestos “amorosos y patrióticos” es que si la nueva promesa de poner al Chocó en la senda de la prosperidad se esfuma bajo la garra de la vieja política casi intacta, y la de traerle seguridad se va en mero bombardeo de jóvenes carne de cañón, la palabrita se le va a ir en contra como bumerang. La gente dirá que los milagros son para los contratistas, cacaos y vendedores de armas y sus negocios. A ellos sólo les quedará rezar por el próximo

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